REALTO 8
The Fiery Trial
Traducido por Shilo, Diana de Loera, Becca Herondale,
AnnaTheBrave, Jem Carstairs, bemay, Yuviandrade y
Soldadita Pelirroja
Simon estaba empezando a preguntarse por los fuegos. No le gustaba a
los fuegos. Los fuegos se movían.
Eso parecía paranoico.
Fuera, los árboles estaban desnudos y el césped estaba marrón. Dentro,
inclusive el moho se había retirado a sus cuarteles de invierno entre las
piedras de las paredes del sótano. Los Cazadores de Sombras no creían mucho
en la calefacción central. La Academia tenía chimeneas, nunca demasiado
juntas, y nunca lo suficientemente cerca de alguien. Sin importar donde
Simon se sentara, estaban en el rincón más retirado del cuarto,
chisporroteando lejos. Los de la élite tendían a entrar primero en los cuartos,
y tomaban los asientos cercanos a la chimenea. Pero inclusive cuando lo
hacían —inclusive cuando todos entraban a la vez— Simon terminaba siendo
el más alejado del fuego. Cuando tienes frío, un fuego chisporroteando
empieza a sonar como risa sarcástica y suave. Simon trató de desechar este
pensamiento de su cabeza, porque claramente los fuegos no se estaban riendo
de él.
Porque eso era paranoico.
Había varias chimeneas en la cafetería, pero George y Simon habían
dejado de tratar de obtener asientos cerca de ellas. Simon tenía suficiente de
lo que preocuparse. Estaba mirando a su plato. También se había dicho a sí
mismo que dejara de hacer esto. Dejar de pensar en la comida. Solo comer la
comida. Pero no podía evitarlo. Cada noche la separaba. Esta noche parecía
ser un sofrito, pero parecía tener pan en él. Había chiles. Había algo rojo.
Era pizza. Alguien había sofreído una pizza.
—No —dijo en voz alta.
—¿Qué?
Su compañero de cuarto, George Lovelace, ya estaba engullendo su
cena. Simon solo sacudió su cabeza. Estas cosas no molestaban a George de
la misma manera. De vuelta en casa en Brooklyn, si Simon hubiera escuchado
que alguien había sofreído una pizza no habría estado molesto. Habría
asumido que algún restaurante hipster había decidido deconstruir la pizza
porque eso es lo que hacen los restaurantes hipster en Brooklyn. Simon se
habría reído, y tal vez en algún momento se habría hecho popular, y luego
habría camiones que vendieran pizza sofreída, y luego se la habría comido.
Porque así es como funciona Brooklyn y por la pizza. ¿La mejor suposición en
esta situación? Tal vez alguien dejó caer la pizza, o se arruinó en medio de la
cocción y por alguna razón la única solución concebible fue ponerla en un
sartén y darle vuelta.
El problema no era la pizza, no en realidad. El problema era que la pizza
lo hacía pensar en casa. Cualquier neoyorkino confrontado con pizza mala
regresará mentalmente a casa por al menos unos momentos. Simon nació y
fue criado como neoyorkino de la misma manera en que los élites eran nacidos
y criados como Cazadores de Sombras. Era una parte de él, el zumbido y
palpitar de la ciudad. Podía ser tan dura como la Academia. Sabía que debía
buscar ratas en las líneas del metro o cerca de los bordes de las plazas
públicas. Estaba entrenado instintivamente para virar y evitar ser salpicado
por el aguanieve sucia de los taxis. Ni siquiera necesitaba bajar la mirada para
saltarse los charcos dejados por los perros.
Obviamente, había mejores partes que esa. Extrañaba ir al Puente de
Brooklyn en la noche y ver toda su extensión: la ciudad iluminada por la
noche; las grandes montañas hechas por el hombre; el río corriendo debajo.
Extrañaba la sensación de estar cerca de tanta gente haciendo y creando cosas
asombrosas. Extrañaba el sentimiento constante de toda la cosa siendo un
espectáculo magnífico. Y extrañaba a su familia y amigos. Era la temporada
navideña ahora, y debería haber estado en casa. Su madre ya habría sacado
el menorá que había pintado en el taller de bricolaje de arcilla. Era alegre,
decorado con pinceladas gruesas y desordenadas de pintura azul, blanca y
plateada. Él y su hermana estaban a cargo de hacer panqueques de patata
juntos. Todos se sentarían en el sofá e intercambiarían regalos. Y todos los
que le importaban estaban a una corta caminata, a una parada de metro a lo
mucho.
—Tienes esa mirada de nuevo —dijo George.
—Lo siento —dijo Simon.
—No lo lamentes. Está bien estar miserable. Son las fiestas, y nosotros
estamos aquí.
Esto era lo que era tan grandioso acerca de George: siempre lo entendía,
y nunca juzgaba. Había demasiadas desventajas en la Academia de Cazadores
de Sombras, pero George compensaba la mayoría de ellas. Simon había tenido
bueno amigos antes. George era como tener un hermano. Compartían un
cuarto. Compartían su miseria y sus pequeños triunfos y sus comidas
terribles. Y en la atmósfera competitiva de la Academia, George siempre lo
apoyaba. Nunca se deleitaba al hacer algo mejor que Simon (y teniendo la
constitución como uno de los dioses griegos menores, George frecuentemente
sí sobresalía en cosas físicas). Simon sentía sus ánimos manteniéndose a flote.
Solo que George sabía lo que estaba pensando, solo tener a su amigo ahí lo
era todo.
—¿Qué está haciendo ella aquí? —preguntó George, inclinando la
cabeza a alguien detrás de Simon.
La decana Penhallow había aparecido en el extremo más alejado del
cuarto (cerca de la risueña chimenea). Usualmente no venía a cenar a la
cafetería. Nunca se acercaba al lugar.
—Su atención, por favor —dijo—. Tenemos noticias maravillosas que
compartir con todos los estudiantes en la Academia. Julie Beauvale. Beatriz
Mendoza. Por favor acompáñenme.
Julie y Beatriz se levantaron al mismo tiempo y se vieron entre ellas con
una sonrisa. Simon había visto ese tipo de sonrisa antes, ese tipo de
movimiento sincronizado. Eso era Jace y Alec por doquier. El par caminó a
través de la habitación. Sillas rechinaban mientras la gente hacia espacio, y
había un ligero murmullo. El fuego se reía y se reía y chisporroteaba y se reía.
Cuando alcanzaron el extremo del cuarto, la decana colocó un brazo alrededor
de cada una, y todas encararon al estudiantado.
—Estoy complacida de anunciar que Julie y Beatriz han decidido
convertirse en parabatai.
Hubo una avalancha repentina de aplausos. Varias personas se
pusieron de pie, mayormente del lado de la élite; y silbaron y gritaron. Esto
fue permitido por unos segundos, y luego la decana levantó su mano.
—Como todos saben, la ceremonia parabatai es un compromiso serio,
un lazo roto solo por la muerte. Sé que esta noticia causará que muchos de
ustedes consideren si van a encontrar un parabatai. No todos los Cazadores
de Sombras tienen un parabatai, o inclusive quieren uno. De hecho, la
mayoría de ustedes no lo harán. Eso es muy importante de recordar. Si
sienten, como lo hacen Julie y Beatriz, que han encontrado su parabatai, o si
quieren hablar con alguien acerca de alguna parte de la ceremonia o lo que
significa, pueden hablar con cualquiera de nosotros. Todos estamos aquí para
ayudarles a que esta sea la más importante de las decisiones. Pero de nuevo,
felicidades a Julie y a Beatriz. En su honor, hay un pastel esta noche.
Mientras hablaba, el mal acechante que eran los cocineros de la
Academia estaba trayendo un pastel grande e inestable.
—Pueden ahora reanudar su cena, y por favor, tomen un poco de pastel.
—¿De dónde salió eso? —preguntó George—. ¿Esas dos? ¿Parabatai?
Simon sacudió su cabeza. Las familias de Cazadores de Sombras se
enredaban las unas con las otras como vides trepadoras. Era más fácil
encontrar tu compañero de toda la vida cuando habías empezado desde el
nacimiento. Muchos en la Academia eran extraños. Julie y Beatriz, en la parte
de la élite, tenían más conexiones entre ellas, pero Simon nunca había tenido
la idea de que fueran tan cercanas.
—Bueno, eso fue una sorpresa —dijo George en voz baja—. ¿Estás bien?
Había golpeado a Simon un poco como un puñetazo. Había pensado en
preguntarle a Clary sobre ser su parabatai. Pero los parabatai eran como Alec
y Jace, entrenando juntos como Cazadores de Sombras desde que eran niños.
Claro, Simon y Clary se habían conocido por ese tiempo, pero no en la manera
de lanzar cuchillos y matar demonios (excepto en juegos de video, lo que,
desafortunadamente, no contaba). Simon empezó a mover la idea de parabatai
hacia la categoría mental de cosas que probablemente no tendría. Estaba
entrenando todo el tiempo. No la había visto. Era…
… muy bueno inventando excusas.
Se había acobardado. Había visto su cumpleaños venir, como en un
cronómetro gigante. Cada día se decía a sí mismo que era demasiado tarde.
Clary había venido el día antes de s
habían agrupado alrededor de Julie y Beatriz. Había risas y gritos y todos
estaban hablando muy fuerte. Simon los rodeó para llegar a la decana.
—Por aquí —dijo.
Simon trató de detenerse por el fuego solo por un segundo, pero la
decana ya se estaba moviendo hacia la puerta que los profesores usan para
entrar y salir de la cafetería. Los profesores no comían con ellos todo el tiempo.
Claramente había otro lugar, algún otro comedor en algún lugar de la
Academia. Catarina Loss era la única que venía regularmente, y Simon tenía
la impresión de que lo hacía porque prefería soportar la terrible comida de los
estudiantes a sentarse con un montón de Cazadores de Sombras en una
habitación privada.
Simon nunca había estado en el pasillo por el que lo condujo la decana.
Estaba más tenuemente iluminado que los corredores que usaban los
estudiantes. Había tapices en las paredes de piedra que estaban ciertamente
tan raídos como los que estaban en el resto de la escuela, pero también se
veían de mayor valor. Los colores eran más brillantes y el oro enhebrado tenía
el brillo de oro verdadero. Había armas a lo largo de estas paredes. Las armas
de los estudiantes estaban en el cuarto de armas, y esas tenían algún tipo de
seguridad para mantenerlas en su lugar. Si querías una espada, necesitabas
desatar varias correas para bajarla. Estas estaban colocadas en simples porta
armas, haciéndolas fáciles de tomar en un abrir y cerrar de ojos.
El ruido de la cafetería se redujo dentro de los primeros pocos escalones,
y luego hubo silencio por todos lados. El pasillo era una serie de puertas
cerradas, y el silencio lo atestó.
—¿A dónde vamos? —preguntó Simon.
—A la sala de visitas —dijo la decana.
Simon miró afuera por las ventanas mientras pasaban. Aquí, el vidrio
era una colcha de diminutos cristales, sostenidos juntos por una cañería
principal. Cada diamante de vidrio era viejo y deformado, y el efecto total era
como de un caleidoscopio barato, uno que mostraba sólo oscuridad y una muy
ligera nieve cayendo. Era el tipo de nieve que no se amontonaba en el suelo.
Sólo espolvorearía el césped seco. El término técnico para ese nivel, decidió,
era una nieve “fastidiosa”.
Llegaron a una vuelta en el pasillo. La decana abrió la primera puerta
después de que giraran y reveló una pequeña pero lujosa habitación, con
muebles que no estaban ni ligeramente rotos o raídos. Casa silla en la
habitación tenía patas de la misma longitud, y los sofás eran amplios y de
aspecto cómodo sin hundimientos ni relleno visible. Todo estaba revestido en
un exuberante terciopelo morado uva. Había una mesa de centro hecha de
madera de cerezo, y sobre ella había un elaborado juego de plata de té con
tazas de porcelana. Y sentados alrededor de la mesa en las sillas y sofás de
alta calidad estaban Magnus Bane, Jem Carstairs, Catarina Loss, y Clary, con
su brillante cabello rojo haciendo contraste con su suéter azul. Magnus y
Catarina estaban juntos en el extremo (cerca del fuego, por supuesto que
estaba, como en todas las demás habitaciones, en el extremo lejano.) Clary
levantó la mirada hacia Simon, y aunque sonrió tan pronto como lo vio, su
expresión sugería que su invitación a esta pequeña fiesta también había sido
reciente y no bien explicada.
—Simon —dijo Jem—. Es tan
—Lo interpreto como que la comida en la Academia no es su mejor
característica.
—No estoy seguro de que tenga una mejor característica —replicó
Simon.
Jem sonrió, su cara iluminándose.
—Tenemos pasteles aquí, y bísquets. Creo que estos son ligeramente de
mejor calidad de a lo que estás actualmente acostumbrado.
Señaló un plato de porcelana lleno de pastelillos y bísquets que se veían
muy comestibles. Simon no dudó, agarró el bísquet más cercano y lo metió en
su boca. Estaba un poco seco, pero era mejor que cualquiera que había tenido
en un tiempo. Sabía que las boronas estaban cayendo de su boca hacia su
camiseta oscura, pero se dio cuenta que no le importaba.
—De acuerdo, Magnus —dijo Clary—. Dijiste que explicarías el por qué
me trajiste aquí cuando Simon llegara. No es que no esté feliz de verte, pero
estás poniéndome nerviosa.
Simon asintió y masticó para mostrar que estaba de acuerdo y apoyaba
a Clary al cien por ciento, como se suponía que los mejores amigos lo hacían.
Al menos esperaba que estuviera comunicando eso.
Magnus se levantó. Cuando un muy alto brujo con ojos de gato se pone
de pie para llamar la atención, cambia el ambiente de la habitación. Hubo un
repentino verdadero aire de propósito, con un trasfondo de energía extraña.
Catarina se volvió a hundir en el sofá, cayendo en la sombra de Magnus.
Catarina no era de las que estaban calladas. Catarina era la azulada voz de la
razón y pequeñas rebeliones en los sagrados pasillos de la Academia.
—Me han pedido que les traiga a ambos un mensaje —dijo Magnus,
girando uno de los muchos anillos que adornaban sus largos dedos—. Emma
Carstairs y Julian Blackthorn van a convertirse en parabatai. La ceremonia
requiere dos testigos, y ellos han solicitado que ustedes sean esos testigos.
Clary levantó una ceja y miró hacia Simon.
—Por supuesto —dijo—. Emma es un encanto. Definitivamente. Estoy
dentro.
Simon estaba a medio camino de alcanzar otro bísquet. Retiró su brazo.
—Definitivamente —dijo—. Yo también. Pero, ¿por qué no podían
simplemente enviarnos una carta?
Magnus se detuvo por un momento y miró hacia Catarina, luego se giró
hacia Simon con un guiño.
—¿Por qué enviar una carta cuando puedes enviar algo verdaderamente
magnífico?
Era una cosa muy al estilo Magnus para decir, pero sonó un poco hueco.
Algo acerca de Magnus se veía un poco hueco. Su voz, tal vez.
—La ceremonia se llevará a cabo en le Ciudad Silenciosa mañana —dijo
Jem—. Ya hemos arreglado el permiso para tu asistencia.
—¿Mañana? —dijo Clary—. ¿Y nos lo acaban de pedir ahora?
Magnus se encogió de hombros elegantemente, indicando que algunas
cosas como esa simplemente sucedían.
—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó Simon—. ¿Es complicado?
—En absoluto —dijo Jem dijo—. La posición de los testigos es en su
mayor parte simbólica, muy parecido a una boda. No tienen que decir nada.
Es sólo un asunto de estar parados con ellos. Emma escogió a Clary…
—Puedo entender eso —dijo Simon—. Pero Julian no me escogería.
Apenas si nos conocemos. ¿Por qué no Jace?
—Porque Julian no es particularmente cercano a él tampoco —dijo
Jem—, y Emma hizo la sugerencia de que tú y Clary, como mejores amigos,
serían testigos significativos para ellos. Julian estuvo de acuerdo.
Simon asintió como si entendiera, aunque no estaba seguro de hacerlo,
en realidad. Recordaba haber hablado con Julian en la boda de Helen y Aline,
hace no mucho tiempo. Recordaba pensar el peso que tenía sobre sus
hombros, y lo mucho que parecía mantenerlo contenido, escondido dentro de
él. ¿Quizá era tan simple como que no había nadie más que a Julian le
importara lo suficiente para pararse como testigo? ¿Nadie a quien admirara?
Eso era increíblemente triste, de ser así.
—En cualquier caso —dijo Magnus—. Van a pararse con ellos mientras
van a través de la Prueba de Fuego.
—¿La qué? —preguntó Simon.
—Ese es el verdadero nombre de la ceremonia —dijo Jem—. Los dos
parabatai se paran dentro de los aros de fuego.
—El té está listo —dijo Magnus repentinamente—. Jamás lo dejen
asentarse por más de cinco minutos. Momento de beber.
Sirvió dos tazas de la pequeña tetera.
—Sólo hay dos tazas —dijo Clary—. ¿Qué hay de ti?
—La tetera es pequeña. Prepararé otra. Esta es para ustedes dos.
Bébanlo.
Las dos tazas fueron presentadas. Clary se encogió de hombros y sorbió.
Simon hizo lo mismo. Era, para ser justos, un té excepcional. A lo mejor era
por eso que los ingleses se emocionaban tanto por ello. Había una maravillosa
nitidez en el sabor. Calentó su cuerpo mientras bajaba. La habitación ya no
estaba fría.
—Esto es realmente bueno —dijo Simon—. En realidad no voy por el té,
pero me gusta este. Quiero decir, nos dan té aquí pero una vez tuve una taza
que tenía un hueso en ella, y esa es una de las mejores tazas que he tenido.
Clary rió.
—¿Entonces qué se supone que usemos? —dijo—. Como testigos, quiero
decir.
—Para la ceremonia, uniforme formal. Para la cena posterior, ropa
normal. Algo bonito.
—Cosas de boda —dijo Catarina finalmente—. Se parece un montón a
una boda pero…
—… sin el romance y las flores.
Ese fue Jem.
Magnus estaba ahora observándolos atentamente, sus ojos de gato
brillando en la oscuridad. La habitación se había puesto muy oscura de hecho.
Simon le dio a Clary una mirada que se suponía significaba: Esto es extraño.
Ella respondió con una muy clara mirada que decía: Súper extraño.
Simon terminó su té en unos pocos tragos largos y regresó la taza a la
mesa.
—Es gracioso —dijo—. Acaba de haber otro anuncio de parabatai en la
cena. Dos estudiantes del grupo élite.
—Eso no es poco común para esta época del año —dijo Jem—. Mientras
el año llega a su cierre, la gente reflexiona, toman decisiones.
La habitación se puso repentinamente más caliente. ¿El fuego se había
avivado? ¿Se había deslizado más cerca? Definitivamente estaba
chisporroteando más ruidosamente, pero ahora no sonaba como una
carcajada… sonaba como vidrio rompiéndose. El fuego le estaba hablando.
Simon se detuvo en seco. ¿El fuego le estaba hablando? ¿Qué estaba
mal con él? Miró alrededor de la habitación confusamente, y escuchó a Clary
hacer un raro sonido sorprendido, como si hubiera visto algo que no había
estado esperando.
—Creo que es momento de empezar —dijo Jem—. ¿Magnus?
Simon pudo escuchar suspirar a Magnus mientras se ponía de pie.
Magnus era realmente alto. Esto, Simon siempre lo había sabido. Ahora se
veía como si pudiera golpear el techo. Él abrió una puerta que Simon no había
notado que estuviera ahí
Traducido por Shilo, Diana de Loera, Becca Herondale,
AnnaTheBrave, Jem Carstairs, bemay, Yuviandrade y
Soldadita Pelirroja
Simon estaba empezando a preguntarse por los fuegos. No le gustaba a
los fuegos. Los fuegos se movían.
Eso parecía paranoico.
Fuera, los árboles estaban desnudos y el césped estaba marrón. Dentro,
inclusive el moho se había retirado a sus cuarteles de invierno entre las
piedras de las paredes del sótano. Los Cazadores de Sombras no creían mucho
en la calefacción central. La Academia tenía chimeneas, nunca demasiado
juntas, y nunca lo suficientemente cerca de alguien. Sin importar donde
Simon se sentara, estaban en el rincón más retirado del cuarto,
chisporroteando lejos. Los de la élite tendían a entrar primero en los cuartos,
y tomaban los asientos cercanos a la chimenea. Pero inclusive cuando lo
hacían —inclusive cuando todos entraban a la vez— Simon terminaba siendo
el más alejado del fuego. Cuando tienes frío, un fuego chisporroteando
empieza a sonar como risa sarcástica y suave. Simon trató de desechar este
pensamiento de su cabeza, porque claramente los fuegos no se estaban riendo
de él.
Porque eso era paranoico.
Había varias chimeneas en la cafetería, pero George y Simon habían
dejado de tratar de obtener asientos cerca de ellas. Simon tenía suficiente de
lo que preocuparse. Estaba mirando a su plato. También se había dicho a sí
mismo que dejara de hacer esto. Dejar de pensar en la comida. Solo comer la
comida. Pero no podía evitarlo. Cada noche la separaba. Esta noche parecía
ser un sofrito, pero parecía tener pan en él. Había chiles. Había algo rojo.
Era pizza. Alguien había sofreído una pizza.
—No —dijo en voz alta.
—¿Qué?
Su compañero de cuarto, George Lovelace, ya estaba engullendo su
cena. Simon solo sacudió su cabeza. Estas cosas no molestaban a George de
la misma manera. De vuelta en casa en Brooklyn, si Simon hubiera escuchado
que alguien había sofreído una pizza no habría estado molesto. Habría
asumido que algún restaurante hipster había decidido deconstruir la pizza
porque eso es lo que hacen los restaurantes hipster en Brooklyn. Simon se
habría reído, y tal vez en algún momento se habría hecho popular, y luego
habría camiones que vendieran pizza sofreída, y luego se la habría comido.
Porque así es como funciona Brooklyn y por la pizza. ¿La mejor suposición en
esta situación? Tal vez alguien dejó caer la pizza, o se arruinó en medio de la
cocción y por alguna razón la única solución concebible fue ponerla en un
sartén y darle vuelta.
El problema no era la pizza, no en realidad. El problema era que la pizza
lo hacía pensar en casa. Cualquier neoyorkino confrontado con pizza mala
regresará mentalmente a casa por al menos unos momentos. Simon nació y
fue criado como neoyorkino de la misma manera en que los élites eran nacidos
y criados como Cazadores de Sombras. Era una parte de él, el zumbido y
palpitar de la ciudad. Podía ser tan dura como la Academia. Sabía que debía
buscar ratas en las líneas del metro o cerca de los bordes de las plazas
públicas. Estaba entrenado instintivamente para virar y evitar ser salpicado
por el aguanieve sucia de los taxis. Ni siquiera necesitaba bajar la mirada para
saltarse los charcos dejados por los perros.
Obviamente, había mejores partes que esa. Extrañaba ir al Puente de
Brooklyn en la noche y ver toda su extensión: la ciudad iluminada por la
noche; las grandes montañas hechas por el hombre; el río corriendo debajo.
Extrañaba la sensación de estar cerca de tanta gente haciendo y creando cosas
asombrosas. Extrañaba el sentimiento constante de toda la cosa siendo un
espectáculo magnífico. Y extrañaba a su familia y amigos. Era la temporada
navideña ahora, y debería haber estado en casa. Su madre ya habría sacado
el menorá que había pintado en el taller de bricolaje de arcilla. Era alegre,
decorado con pinceladas gruesas y desordenadas de pintura azul, blanca y
plateada. Él y su hermana estaban a cargo de hacer panqueques de patata
juntos. Todos se sentarían en el sofá e intercambiarían regalos. Y todos los
que le importaban estaban a una corta caminata, a una parada de metro a lo
mucho.
—Tienes esa mirada de nuevo —dijo George.
—Lo siento —dijo Simon.
—No lo lamentes. Está bien estar miserable. Son las fiestas, y nosotros
estamos aquí.
Esto era lo que era tan grandioso acerca de George: siempre lo entendía,
y nunca juzgaba. Había demasiadas desventajas en la Academia de Cazadores
de Sombras, pero George compensaba la mayoría de ellas. Simon había tenido
bueno amigos antes. George era como tener un hermano. Compartían un
cuarto. Compartían su miseria y sus pequeños triunfos y sus comidas
terribles. Y en la atmósfera competitiva de la Academia, George siempre lo
apoyaba. Nunca se deleitaba al hacer algo mejor que Simon (y teniendo la
constitución como uno de los dioses griegos menores, George frecuentemente
sí sobresalía en cosas físicas). Simon sentía sus ánimos manteniéndose a flote.
Solo que George sabía lo que estaba pensando, solo tener a su amigo ahí lo
era todo.
—¿Qué está haciendo ella aquí? —preguntó George, inclinando la
cabeza a alguien detrás de Simon.
La decana Penhallow había aparecido en el extremo más alejado del
cuarto (cerca de la risueña chimenea). Usualmente no venía a cenar a la
cafetería. Nunca se acercaba al lugar.
—Su atención, por favor —dijo—. Tenemos noticias maravillosas que
compartir con todos los estudiantes en la Academia. Julie Beauvale. Beatriz
Mendoza. Por favor acompáñenme.
Julie y Beatriz se levantaron al mismo tiempo y se vieron entre ellas con
una sonrisa. Simon había visto ese tipo de sonrisa antes, ese tipo de
movimiento sincronizado. Eso era Jace y Alec por doquier. El par caminó a
través de la habitación. Sillas rechinaban mientras la gente hacia espacio, y
había un ligero murmullo. El fuego se reía y se reía y chisporroteaba y se reía.
Cuando alcanzaron el extremo del cuarto, la decana colocó un brazo alrededor
de cada una, y todas encararon al estudiantado.
—Estoy complacida de anunciar que Julie y Beatriz han decidido
convertirse en parabatai.
Hubo una avalancha repentina de aplausos. Varias personas se
pusieron de pie, mayormente del lado de la élite; y silbaron y gritaron. Esto
fue permitido por unos segundos, y luego la decana levantó su mano.
—Como todos saben, la ceremonia parabatai es un compromiso serio,
un lazo roto solo por la muerte. Sé que esta noticia causará que muchos de
ustedes consideren si van a encontrar un parabatai. No todos los Cazadores
de Sombras tienen un parabatai, o inclusive quieren uno. De hecho, la
mayoría de ustedes no lo harán. Eso es muy importante de recordar. Si
sienten, como lo hacen Julie y Beatriz, que han encontrado su parabatai, o si
quieren hablar con alguien acerca de alguna parte de la ceremonia o lo que
significa, pueden hablar con cualquiera de nosotros. Todos estamos aquí para
ayudarles a que esta sea la más importante de las decisiones. Pero de nuevo,
felicidades a Julie y a Beatriz. En su honor, hay un pastel esta noche.
Mientras hablaba, el mal acechante que eran los cocineros de la
Academia estaba trayendo un pastel grande e inestable.
—Pueden ahora reanudar su cena, y por favor, tomen un poco de pastel.
—¿De dónde salió eso? —preguntó George—. ¿Esas dos? ¿Parabatai?
Simon sacudió su cabeza. Las familias de Cazadores de Sombras se
enredaban las unas con las otras como vides trepadoras. Era más fácil
encontrar tu compañero de toda la vida cuando habías empezado desde el
nacimiento. Muchos en la Academia eran extraños. Julie y Beatriz, en la parte
de la élite, tenían más conexiones entre ellas, pero Simon nunca había tenido
la idea de que fueran tan cercanas.
—Bueno, eso fue una sorpresa —dijo George en voz baja—. ¿Estás bien?
Había golpeado a Simon un poco como un puñetazo. Había pensado en
preguntarle a Clary sobre ser su parabatai. Pero los parabatai eran como Alec
y Jace, entrenando juntos como Cazadores de Sombras desde que eran niños.
Claro, Simon y Clary se habían conocido por ese tiempo, pero no en la manera
de lanzar cuchillos y matar demonios (excepto en juegos de video, lo que,
desafortunadamente, no contaba). Simon empezó a mover la idea de parabatai
hacia la categoría mental de cosas que probablemente no tendría. Estaba
entrenando todo el tiempo. No la había visto. Era…
… muy bueno inventando excusas.
Se había acobardado. Había visto su cumpleaños venir, como en un
cronómetro gigante. Cada día se decía a sí mismo que era demasiado tarde.
Clary había venido el día antes de s
habían agrupado alrededor de Julie y Beatriz. Había risas y gritos y todos
estaban hablando muy fuerte. Simon los rodeó para llegar a la decana.
—Por aquí —dijo.
Simon trató de detenerse por el fuego solo por un segundo, pero la
decana ya se estaba moviendo hacia la puerta que los profesores usan para
entrar y salir de la cafetería. Los profesores no comían con ellos todo el tiempo.
Claramente había otro lugar, algún otro comedor en algún lugar de la
Academia. Catarina Loss era la única que venía regularmente, y Simon tenía
la impresión de que lo hacía porque prefería soportar la terrible comida de los
estudiantes a sentarse con un montón de Cazadores de Sombras en una
habitación privada.
Simon nunca había estado en el pasillo por el que lo condujo la decana.
Estaba más tenuemente iluminado que los corredores que usaban los
estudiantes. Había tapices en las paredes de piedra que estaban ciertamente
tan raídos como los que estaban en el resto de la escuela, pero también se
veían de mayor valor. Los colores eran más brillantes y el oro enhebrado tenía
el brillo de oro verdadero. Había armas a lo largo de estas paredes. Las armas
de los estudiantes estaban en el cuarto de armas, y esas tenían algún tipo de
seguridad para mantenerlas en su lugar. Si querías una espada, necesitabas
desatar varias correas para bajarla. Estas estaban colocadas en simples porta
armas, haciéndolas fáciles de tomar en un abrir y cerrar de ojos.
El ruido de la cafetería se redujo dentro de los primeros pocos escalones,
y luego hubo silencio por todos lados. El pasillo era una serie de puertas
cerradas, y el silencio lo atestó.
—¿A dónde vamos? —preguntó Simon.
—A la sala de visitas —dijo la decana.
Simon miró afuera por las ventanas mientras pasaban. Aquí, el vidrio
era una colcha de diminutos cristales, sostenidos juntos por una cañería
principal. Cada diamante de vidrio era viejo y deformado, y el efecto total era
como de un caleidoscopio barato, uno que mostraba sólo oscuridad y una muy
ligera nieve cayendo. Era el tipo de nieve que no se amontonaba en el suelo.
Sólo espolvorearía el césped seco. El término técnico para ese nivel, decidió,
era una nieve “fastidiosa”.
Llegaron a una vuelta en el pasillo. La decana abrió la primera puerta
después de que giraran y reveló una pequeña pero lujosa habitación, con
muebles que no estaban ni ligeramente rotos o raídos. Casa silla en la
habitación tenía patas de la misma longitud, y los sofás eran amplios y de
aspecto cómodo sin hundimientos ni relleno visible. Todo estaba revestido en
un exuberante terciopelo morado uva. Había una mesa de centro hecha de
madera de cerezo, y sobre ella había un elaborado juego de plata de té con
tazas de porcelana. Y sentados alrededor de la mesa en las sillas y sofás de
alta calidad estaban Magnus Bane, Jem Carstairs, Catarina Loss, y Clary, con
su brillante cabello rojo haciendo contraste con su suéter azul. Magnus y
Catarina estaban juntos en el extremo (cerca del fuego, por supuesto que
estaba, como en todas las demás habitaciones, en el extremo lejano.) Clary
levantó la mirada hacia Simon, y aunque sonrió tan pronto como lo vio, su
expresión sugería que su invitación a esta pequeña fiesta también había sido
reciente y no bien explicada.
—Simon —dijo Jem—. Es tan
—Lo interpreto como que la comida en la Academia no es su mejor
característica.
—No estoy seguro de que tenga una mejor característica —replicó
Simon.
Jem sonrió, su cara iluminándose.
—Tenemos pasteles aquí, y bísquets. Creo que estos son ligeramente de
mejor calidad de a lo que estás actualmente acostumbrado.
Señaló un plato de porcelana lleno de pastelillos y bísquets que se veían
muy comestibles. Simon no dudó, agarró el bísquet más cercano y lo metió en
su boca. Estaba un poco seco, pero era mejor que cualquiera que había tenido
en un tiempo. Sabía que las boronas estaban cayendo de su boca hacia su
camiseta oscura, pero se dio cuenta que no le importaba.
—De acuerdo, Magnus —dijo Clary—. Dijiste que explicarías el por qué
me trajiste aquí cuando Simon llegara. No es que no esté feliz de verte, pero
estás poniéndome nerviosa.
Simon asintió y masticó para mostrar que estaba de acuerdo y apoyaba
a Clary al cien por ciento, como se suponía que los mejores amigos lo hacían.
Al menos esperaba que estuviera comunicando eso.
Magnus se levantó. Cuando un muy alto brujo con ojos de gato se pone
de pie para llamar la atención, cambia el ambiente de la habitación. Hubo un
repentino verdadero aire de propósito, con un trasfondo de energía extraña.
Catarina se volvió a hundir en el sofá, cayendo en la sombra de Magnus.
Catarina no era de las que estaban calladas. Catarina era la azulada voz de la
razón y pequeñas rebeliones en los sagrados pasillos de la Academia.
—Me han pedido que les traiga a ambos un mensaje —dijo Magnus,
girando uno de los muchos anillos que adornaban sus largos dedos—. Emma
Carstairs y Julian Blackthorn van a convertirse en parabatai. La ceremonia
requiere dos testigos, y ellos han solicitado que ustedes sean esos testigos.
Clary levantó una ceja y miró hacia Simon.
—Por supuesto —dijo—. Emma es un encanto. Definitivamente. Estoy
dentro.
Simon estaba a medio camino de alcanzar otro bísquet. Retiró su brazo.
—Definitivamente —dijo—. Yo también. Pero, ¿por qué no podían
simplemente enviarnos una carta?
Magnus se detuvo por un momento y miró hacia Catarina, luego se giró
hacia Simon con un guiño.
—¿Por qué enviar una carta cuando puedes enviar algo verdaderamente
magnífico?
Era una cosa muy al estilo Magnus para decir, pero sonó un poco hueco.
Algo acerca de Magnus se veía un poco hueco. Su voz, tal vez.
—La ceremonia se llevará a cabo en le Ciudad Silenciosa mañana —dijo
Jem—. Ya hemos arreglado el permiso para tu asistencia.
—¿Mañana? —dijo Clary—. ¿Y nos lo acaban de pedir ahora?
Magnus se encogió de hombros elegantemente, indicando que algunas
cosas como esa simplemente sucedían.
—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó Simon—. ¿Es complicado?
—En absoluto —dijo Jem dijo—. La posición de los testigos es en su
mayor parte simbólica, muy parecido a una boda. No tienen que decir nada.
Es sólo un asunto de estar parados con ellos. Emma escogió a Clary…
—Puedo entender eso —dijo Simon—. Pero Julian no me escogería.
Apenas si nos conocemos. ¿Por qué no Jace?
—Porque Julian no es particularmente cercano a él tampoco —dijo
Jem—, y Emma hizo la sugerencia de que tú y Clary, como mejores amigos,
serían testigos significativos para ellos. Julian estuvo de acuerdo.
Simon asintió como si entendiera, aunque no estaba seguro de hacerlo,
en realidad. Recordaba haber hablado con Julian en la boda de Helen y Aline,
hace no mucho tiempo. Recordaba pensar el peso que tenía sobre sus
hombros, y lo mucho que parecía mantenerlo contenido, escondido dentro de
él. ¿Quizá era tan simple como que no había nadie más que a Julian le
importara lo suficiente para pararse como testigo? ¿Nadie a quien admirara?
Eso era increíblemente triste, de ser así.
—En cualquier caso —dijo Magnus—. Van a pararse con ellos mientras
van a través de la Prueba de Fuego.
—¿La qué? —preguntó Simon.
—Ese es el verdadero nombre de la ceremonia —dijo Jem—. Los dos
parabatai se paran dentro de los aros de fuego.
—El té está listo —dijo Magnus repentinamente—. Jamás lo dejen
asentarse por más de cinco minutos. Momento de beber.
Sirvió dos tazas de la pequeña tetera.
—Sólo hay dos tazas —dijo Clary—. ¿Qué hay de ti?
—La tetera es pequeña. Prepararé otra. Esta es para ustedes dos.
Bébanlo.
Las dos tazas fueron presentadas. Clary se encogió de hombros y sorbió.
Simon hizo lo mismo. Era, para ser justos, un té excepcional. A lo mejor era
por eso que los ingleses se emocionaban tanto por ello. Había una maravillosa
nitidez en el sabor. Calentó su cuerpo mientras bajaba. La habitación ya no
estaba fría.
—Esto es realmente bueno —dijo Simon—. En realidad no voy por el té,
pero me gusta este. Quiero decir, nos dan té aquí pero una vez tuve una taza
que tenía un hueso en ella, y esa es una de las mejores tazas que he tenido.
Clary rió.
—¿Entonces qué se supone que usemos? —dijo—. Como testigos, quiero
decir.
—Para la ceremonia, uniforme formal. Para la cena posterior, ropa
normal. Algo bonito.
—Cosas de boda —dijo Catarina finalmente—. Se parece un montón a
una boda pero…
—… sin el romance y las flores.
Ese fue Jem.
Magnus estaba ahora observándolos atentamente, sus ojos de gato
brillando en la oscuridad. La habitación se había puesto muy oscura de hecho.
Simon le dio a Clary una mirada que se suponía significaba: Esto es extraño.
Ella respondió con una muy clara mirada que decía: Súper extraño.
Simon terminó su té en unos pocos tragos largos y regresó la taza a la
mesa.
—Es gracioso —dijo—. Acaba de haber otro anuncio de parabatai en la
cena. Dos estudiantes del grupo élite.
—Eso no es poco común para esta época del año —dijo Jem—. Mientras
el año llega a su cierre, la gente reflexiona, toman decisiones.
La habitación se puso repentinamente más caliente. ¿El fuego se había
avivado? ¿Se había deslizado más cerca? Definitivamente estaba
chisporroteando más ruidosamente, pero ahora no sonaba como una
carcajada… sonaba como vidrio rompiéndose. El fuego le estaba hablando.
Simon se detuvo en seco. ¿El fuego le estaba hablando? ¿Qué estaba
mal con él? Miró alrededor de la habitación confusamente, y escuchó a Clary
hacer un raro sonido sorprendido, como si hubiera visto algo que no había
estado esperando.
—Creo que es momento de empezar —dijo Jem—. ¿Magnus?
Simon pudo escuchar suspirar a Magnus mientras se ponía de pie.
Magnus era realmente alto. Esto, Simon siempre lo había sabido. Ahora se
veía como si pudiera golpear el techo. Él abrió una puerta que Simon no había
notado que estuviera ahí
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