FIN 9.5
Simon estaba parado en lo alto de una de las torres de la Academia con Magnus Bane,
mirando el crepúsculo y sintiéndose un poco incómodo.
“Podría jurar que esta torre estaba inclinada.”
“Huh,” dijo Magnus. “La percepción es una cosa graciosa.”
Simon no estaba seguro de lo que Magnus quería. Le agradaba Magnus. Solo que nunca
había tenido una conversación profunda con él, y ahora Magnus le estaba dando una mirada que
decía ¿cuál es tu trato, Simon Lewis? Magnus incluso hacía que la raída camiseta gris que estaba
usando tuviera estilo. Estaba casi seguro que Magnus era demasiado cool como para que le
importara su trato.
Miró hacia Magnus, que estaba parado junto a una de las grandes ventanas de la torre, el
viento de la noche removiendo su cabello.
“Una vez te dije,” ofreció Magnus, “que algún día, de todas las personas que conocemos,
nosotros dos íbamos a ser los únicos que quedaríamos.”
“No lo recuerdo,” dijo Simon.
“¿Por qué habrías de hacerlo?” Preguntó Magnus. “Salvo que un tornado venga ahora y
nos barra a todos de la existencia, eso ya no es verdad. Ahora eres mortal. E incluso los inmortales
pueden morir. Esta torre puede colapsar y dejar a todos llorándonos.”
La vista de la torre, las estrellas sobre el bosque, era hermosa. Simon quería bajar.
Magnus puso la mano en su bolsillo y sacó una vieja moneda. Simon no podía ver la
inscripción en la oscuridad, pero pudo ver que había una escrita.
“Esto perteneció a Raphael una vez. ¿Recuerdas a Raphael?” Preguntó Magnus. “El
vampiro que te convirtió.”
“Solo en partes,” Dijo Simon. “Recuerdo que me dijo que Isabelle estaba fuera de mi
alcance.”
Magnus volteó su cabeza, no pudiendo esconder su sonrisa. “Eso suena como Raphael.”
“Recuerdo—sentirlo morir,” dijo Simon, su voz atorándose en su garganta. Eso era lo peor
de sus memorias robadas, que el peso de la memoria continuara allí cuando todo lo demás se fue,
que sintiera la perdida sin saber lo que perdió. “Significó algo para mí, pero no sé si yo le agradaba.
No sé si el me agradaba.”
“Él se sentía responsable por ti,” Dijo Magnus. “Hoy se me ocurrió que yo debería sentirme
responsable por ti de la misma manera. Yo fui el que realizó el hechizo que te devolvió tus
recuerdos; yo fui el que te dirigió en el camino hacia la Academia y los Cazadores de Sombras.
Raphael fue el primero en colocarte en un mundo diferente, pero yo te coloque en otro también.”
“Yo tomé mis propias decisiones,” dijo Simon. “Tú me diste la oportunidad de hacerlo. No
me arrepiento que lo hicieras. ¿Te arrepientes de haberme devuelto mis recuerdos?”
Magnus sonrió. “No, no me arrepiento. Catarina me dijo lo que está pasando en la
academia. Parece que estás haciendo un buen trabajo tomando tus decisiones sin mí.”
“Estuve tratando,” dijo Simon.
Se había sorprendido cuando Alec lo alabó, y no esperaba que Magnus lo hiciera. Pero se
sintió cálido con las palabras de Magnus, en todo el cuerpo, a pesar del viento que venía de la fría
oscuridad. Magnus no estaba hablando de los pedazos de su casi olvidado pasado, sino de lo que
estaba pasando ahora y lo que ha hecho desde entonces.
No era algo grandioso, pero estaba tratando.
“También escuché que tuviste una pequeña Aventura en la Tierra de las Hadas,” dijo
Magnus. “También estuvimos teniendo problemas con los vendedores de fruta de hada en Nueva
York. Parte de las hadas corriendo libremente es como la Paz Fría. Personas que no son confiables
se vuelven desconfiables. Pero hay otra cosa que está mal. La Tierra de las Hadas es una tierra sin
reglas, sin líderes. La Reina, que era aliada de Sebastian, se esfumó, y corren rumores oscuros del
por qué. Ninguno que repetiría a la clave, porque impondrían castigos crueles a las hadas. Se
hacen más duros, y las hadas más salvajes, el odio entre ellos crece día a día. Hay tormentas detrás
de ti, Simon. Pero hay otra, aún más grande, que está llegando. Las antiguas reglas de están
desvaneciendo. ¿Estás listo para otra tormenta?”
Simon estaba en silencio. No supo que responder.
“Te estuve viendo con Clary, y con Isabelle,” Magnus continuó. “Sé que estás en camino a
la Ascensión, a tener una parabatai y un amor Cazadora de Sombras. ¿Estás feliz con eso? ¿Estás
seguro?”
“No sé si estoy seguro,” dijo Simon. “No sé si estoy listo tampoco. No puedo decir que no
he tenido dudas, que no he pensado en dar vuelta atrás y ser el chico con la banda en Brooklyn.
Pienso que a veces es muy difícil creer en ti mismo. Haces las cosas que no estás seguro que
puedes hacer. Solo actúas, aunque nada sea seguro. No creo que pueda cambiar el mundo—suena
tonto incluso el decirlo—pero voy a tratar.”
“Todos cambiamos el mundo, con cada día en el que vivimos en él,” Dijo Magnus. “Solo
tienes que decidir cómo quieres cambialo. Yo te traje a este mundo, por segunda vez, y aunque tus
decisiones son tuyas, siento algo de responsabilidad. Incluso si estas comprometido, tienes otras
opciones. Puedo arreglar para que seas un vampiro otra vez, o un hombre lobo. Ambas son
riesgosas, pero no tan riesgosas como Ascender.”
“Si. Quiero intentar cambiar el mundo como un Cazador de Sombras” dijo Simon. “De
verdad. Quiero intentar y cambiar la Clave desde adentro. Quiero ese poder particular para ayudar
a las personas. Vale la pena.”
Magnus asintió.
De verdad lo piensa, pensó Simon, cuando dijo que las decisiones de Simon eran suyas. Lo
dejó en Simon, ese día en Brooklyn cuando Magnus e Isabelle se le acercaron fuera de la escuela.
No dudaba de Simon ahora, incluso cuando Simon temía que haber elegido ser un Cazador en vez
de un Submundo lo haya ofendido. No quería ser como los Cazadores de Sombras que creían ser
superiores a los Submundos. Quería ser una especie distinta de Cazadores de Sombras.
Magnus no se veía ofendido. Se paró en lo alto de la torre, sobre la piedra iluminada por la
luz de las estrellas, volteando la moneda que había pertenecido a los muertos en sus dedos. Se
veía pensativo.
“¿Pensaste en tu nombre de Cazador de Sombras?”
“Um ... ,” dijo Simon tímidamente. “Un poco. Me estaba preguntando, en realidad— ¿cuál
es tu nombre verdadero?”
Magnus lo miró de reojo. Nadie hacía eso como alguien con ojos de gato. “Magnus Bane,”
dijo. “Sé que olvidaste muchas cosas, Smedley, pero de verdad.”
Simon acepto el sutil rebote. Entendió por qué Magnus se opondría a la implicación de que
el nombre que había elegido para definirse no era real.
“Lo siento,” dijo. “Es que mi mente siempre vuelve a los nombres. Si sobrevivo la
Ascensión, Tendré que elegir un nombre de Cazador de Sombras. No sé cómo elegir el adecuado—
no sé cómo elegir uno que signifique algo más que cualquier otro nombre.”
Magnus frunció el ceño. “No sé si sirvo para dar algún sabio consejo. Tal vez tendría que
usar una barba blanca para convencerme de que soy un sabio. Elije alguno que se sienta correcto,
y no te preocupes demasiado,” dijo Magnus eventualmente. “Va a ser tu nombre. Vas a vivir con
él. Tu vas a darle significado, no al revés.”
“Voy a intentarlo” dijo Simon. “¿Hay alguna razón especial por la que sentías que ‘Magnus
Bane’ era el correcto?”
“’Magnus Bane’ se sentía como el correcto por muchas razones” dijo Magnus, lo que no
era exactamente una respuesta. Pareció notar la decepción de Simon, y le dio lástima, porque
añadió: “Aquí hay una”
Magnus pasó la moneda por abajo y arriba de sus dedos, haciendo girar el círculo de metal
cada vez más rápido. Líneas azules de magia parecían salir de sus anillos, como una pequeña
tormenta en la palma de su mano, envolviendo la moneda en una red de chispas.
Entonces Magnus lanzó la moneda hacia afuera de la torre, hacia el viento de la noche.
Simon pudo ver la moneda cayendo, todavía envuelta en fuego azul, yendo más allá de los límites
de la academia.
“Existe un fenómeno científico para describir lo que sucede cuando un objeto está en
movimiento. Uno cree que sabe exactamente qué camino va a recorrer y dónde caerá. Entonces,
sin ninguna razón aparente… el arco cambia. Va hacia donde no lo esperas.”
Magnus chasqueó los dedos, y la moneda regresó haciendo un zigzag en el aire, y volvió
hacia ellos mientras Simon observaba, y sintió que era la primera vez que veía magia de verdad.
Dejó la moneda en la palma de Magnus y sonrió, una sonrisa rebelde, y sus ojos se veían tan
dorados como un tesoro recién descubierto.
“Se llama el efecto Magnus” dijo.
***
“Fzzz” dijo Clary, con su roja cabellera colgando sobre la carita zul oscuro del bebé. Le
daba pequeños besos en las mejillas, zumbando como una abeja mientras lo hacía, y el bebé reía y
trataba de tomar sus rizos. “Fzzz, fzzz, fzzz. No sé qué estoy haciendo. Nunca he tenido una
relación cercana con los bebés. Por dieciséis años pensé que era hija única, bebé. Y después de
eso, bebé, no quieres saber qué pensaba. Por favor perdóname si estoy haciendo esto mal, bebé.
¿Te gusto? Tú me gustas”
“Dame al bebé,” dijo Maryse, celosa. “Lo has tenido por cuatro minutos enteros, Clarissa.”
Había una fiesta en la suite de Magnus y Alec, y el juego preferido era Pasar el Bebé. Todos
querían tomarlo. Simon había tratado descaradamente de ganarse el favor del padre de Isabelle
enseñándole a usar la función de cronómetro de su reloj digital. Ahora Robert tenía el reloj
afirmado con fuerza, estudiándolo de cerca. Sería el turno de Robert para tomar en brazos al bebé
en dieciséis minutos, y había tomado a Simon por el hombro y le dijo “Gracias, hijo”, lo que Simón
había tomado como su bendición para salir con la hija de Robert. No se arrepentía de la pérdida de
su reloj.
Clary entregó al bebé, y se apoyó en el respaldo del sofá entre Simon y Jace. El sofá crujió
peligrosamente mientras ella lo hacía. Simon habría estado a salvo en la antiguamente inclinada
torre, pero estaba dispuesto a correr peligro para estar junto a Clary.
“Es tan tierno,” susurró Clary a Simon y Jace. “Aunque es raro pensar que es de Alec y
Magnus. Digo, ¿pueden imaginarlo?”
“No es tan extraño” dijo Jace. “Digo, puedo imaginarlo.”
Un rubor apareció en sus pómulos. Se acercó al borde del sofá mientras Clary se daba
vuelta a mirarlo.
Clary y Simon lo juzgaban con la mirada. Eso hizo muy feliz a Simon, Juzgar juntos a la
gente era una parte esencial de su amistad.
Entonces Clary se hizo hacia adelante y besó a Jace.
“Retomemos esta conversación en unos diez años” dijo. “O tal vez más. Iré a bailar con las
chicas.”
Se dirigió hacia Isabelle, quien ya se encontraba bailando la suave música en el medio de
un círculo de admiradores que vinieron al oír que ella estaba de vuelta. Entre ellos se encontraba
Marisol, quien Simon pensó que estaba determinada a ser Isabelle cuando fuera mayor.
La celebración del bebé Lightwood estaba en pleno apogeo. Simon sonrió mientras miraba
a Clary. Recordó un par de ocasiones en las que Clary había sido cuidadosa alrededor de otras
chicas, y ellos se quedaban juntos. Era genial ver a Isabelle extender sus manos a Clary, y que Clary
las tomara firmemente sin pensarlo.
“Jace” dijo Simon, mientras Jace miraba a Clary e Isabelle y sonreía. Jace lo miró y parecía
molesto. “¿Recuerdas cuando dijiste que deseabas que yo pudiera recordar?”
“¿Por qué me preguntas a mí si recuerdo cosas?” preguntó Jace, sonando definitivamente
molesto. “No soy yo el que tiene problemas para recordar cosas, ¿recuerdas?”
“Sólo quería saber a qué te referías con eso”
Simon esperó, dándole a Jace otra oportunidad para que se aprovechara de su amnesia
demoniaca y le dijera otro secreto falso. En vez de eso, Jace parecía increíblemente incómodo.
“Nada” dijo. “¿A qué me refería? A nada.”
“¿Te referías a que querías que recordara el pasado en general?” preguntó Simon. “¿Para
que pudiera recordar todas las aventuras que tuvimos y todos los vínculos que formamos?"
Jace seguía con una expresión incómoda. Simon recordó a Alec comentando que Jace
había estado muy alterado.
“Espera, ¿cuál es la verdad?” preguntó Simon, incrédulo. “¿Me extrañaste?”
“¡Obviamente no!” gritó Jace. “Nunca te extrañaría. Yo, eh, me refería a algo específico.”
“Está bien. Entonces, ¿qué hecho específico querías que recordara?” preguntó Simon.
Miró a Jace sospechosamente. “¿Fue la mordida?”
“¡No!” respondió Jace.
“¿Fue un momento especial para ti?” preguntó Simon. “¿Uno que compartimos juntos que
querías que recordara?”
“Recuerda este momento” dijo Jace. “A la próxima oportunidad que se presente, voy a
dejar que mueras al fondo de un bote del mal. Quiero que recuerdes el por qué.”
Simon sonrió para sí mismo. “No, no lo harás. Nunca dejarás que muera al fondo de un
bote del mal.” Murmuró mientras Alec caminaba hacia el desgastado sofá y Jace parecía furioso
por lo que estaba escuchando.
“Simon, normalmente es un gusto hablar contigo,” dijo Alec. “¿Pero puedo hablar un
momento con Jace?”
“Oh, es cierto” dijo Simon. “Jace, había olvidado lo que quería decirte. Pero ahora me
acuerdo perfectamente. Alec y yo tuvimos una pequeña charla sobre su problema conmigo. Tu
sabes, el que tú me dijiste que tenía conmigo. El secreto terrible.”
Los ojos dorados de Jace quedaron sin expresión. “Ah.” Dijo.
“Piensas que eres muy gracioso, ¿verdad?”
“Aunque me doy cuenta de que ambos están un poco molestos conmigo, y que este no es
el momento para elogiarme,” dijo Jace lentamente, “honestamente debo decirles que: Sí, sí.
Efectivamente creo que soy gracioso. ‘Ahí va Jace Herondale’ dice la gente. ‘Con su gran ingenio, y
totalmente genial. Es una carga que Simon jamás podrá entender.”
“Alec va a matarte.” Informó Simon, y le dio unas palmadas en el hombro a Jace. “Y creo
que es lo justo. En lo que a mí respecta, te voy a extrañar.”
Se paró del sofá. Alec avanzó hacia Jace.
Simon confió en que Alec ejecutaría su venganza por ambos. Había perdido suficiente
tiempo en esa broma estúpida.
George estaba bailando con Beatriz y Julie, haciendo payasadas para hacerlas reír. Beatriz
ya se estaba riendo, y Simon pensó que a Julie no le faltaba mucho.
“Vamos, bailar conmigo no está tan mal,” le dijo George a Julie. “Tal vez no sea Magnus
Bane…” hizo una pausa y miró a Magnus, quien se había cambiado a una camisa negra de gasa con
lentejuelas azules colgando abajo. “Definitivamente no podría llevar eso,” añadió. “Pero yo hago
ejercicio, y tengo acento escocés.”
“Sabes que es cierto,” dijo Simon. Chocó palmas con George y sonrió a las chicas, pero ya
estaba avanzando más allá, abriéndose paso hacia el centro de los bailarines.
En su camino hacia Isabelle.
Apareció detrás de ella y deslizó su brazo por su cintura. Ella se apoyó en él. Estaba usando
el mismo vestido que usó el día en que la vio por primera vez, por segunda vez, recordándole el
cielo estrellado sobre la academia de Cazadores de Sombras.
“Oye,” le susurró. “Quiero decirte algo.”
“¿Qué cosa?” susurró de vuelta Isabelle.
Simon la volteó hacia él, y ella lo dejó. Pensó que deberían tener esta conversación cara a
cara.
Detrás de ella, pudo ver a Jace y Alec. Se estaban abrazando, y Alec estaba riendo. Jace le
daba palmadas en la espalda como felicitándolo. Vaya terrible venganza, aunque no le importó a
Simon.
“Quería hablar contigo antes de tratar de Ascender.” Dijo.
La sonrisa desapareció del rostro de Isabelle. “Si esto es un discurso de en-caso-de-quemuera,
no quiero escucharlo.” Dijo fieramente. “No me vas a hacer eso. Ni siquiera consideres
morir. Vas a estar bien.”
“No.” Dijo Simon. “Lo entendiste mal. Quería decírtelo ahora, porque si Asciendo, tendré
mi memoria de vuelta.”
Isabelle parecía confundida en lugar de enojada, lo que era un progreso. “¿Entonces qué
es?”
“No me importa si recupero la memoria o no,” dijo Simon. “No me importa si otro
demonio me quita la memoria mañana. Te conozco: Vendrás a buscarme otra vez, vendrás a
rescatarme sin importar lo que pase. Vendrás por mí, y te descubriré nuevamente. Te amo sin los
recuerdos. Te amo ahora.”
Hubo una pausa, rota por cosas irrelevantes como la música y el murmullo de la gente
alrededor de ellos. No podía descifrar la expresión de Isabelle.
Isabelle dijo calmadamente: “Lo sé.”
Simon la miró fijamente. “Eso fue…” dijo lentamente. “¿Eso fue una referencia a Star
Wars? Porque de ser así, quiero declarar mi amor otra vez.”
“Adelante.” Dijo Isabelle. “De veras. Dilo otra vez. He estado esperando mucho tiempo.”
“Te amo” dijo Simon.
Isabelle se puso a reír. Simon habría pensado que estaría destruido si le dijera a una chica
que la amaba y que en respuesta ella se riera. Pero Isabelle siempre lo sorprendía. No podía dejar
de mirarla. “¿De verdad?” le preguntó, y sus ojos brillaban. “¿De verdad?”
“De verdad.” Dijo Simon.
La acercó a él, y bailaron juntos, en el piso más alto de la academia, en el corazón de su
familia. En vista de que ella esperó mucho tiempo, se lo repitió una y otra vez.
***
Magnus seguía perdiendo de vista al bebé. Esto no era una buena señal para el futuro.
Magnus estaba seguro de que debías siempre saber dónde estaba.
Eventualmente encontró al bebé con Maryse, quien lo había reclamado triunfantemente y
había corrido a la cocina a arrullar a su tesoro.
“Oh, hola,” dijo Maryse, mostrándose un poco culpable.
“Hola, tú,” dijo Magnus, y curvó su mano sobre la pequeña cabeza azul, sintiendo sus rizos.
“Y hola, tú.”
El bebé dejo salir un gemido de irritación. Magnus pensó que estaba aprendiendo a
distinguir entre los distintos gemidos, e hizo aparecer mágicamente un biberón con leche, lista.
Extendió las manos, y Maryse juntó visiblemente la fuerza de voluntad para pasarle al bebé.
“Eres bueno con él.” Dijo Maryse mientras Magnus lo acomodaba en su brazo y le ponía el
biberón en la boca.
“Alec es mejor.” Dijo Magnus.
Maryse sonrió y se veía orgullosa. “Es muy maduro para su edad,” dijo afectuosamente, y
dudó. “Yo… no lo era, a su edad, cuando era una joven madre. No me… comporté de una forma en
la que me gustaría que mis hijos vieran. No es una excusa.”
Magnus miró hacia el rostro de Maryse. Recordó enfrentarse a ella en lados opuestos
alguna vez, hace mucho tiempo, cuando ella había sido uno de los discípulos de Valentine, y sintió
que la odiaría y a todos los que tuvieran que ver con ella para siempre. También recordó haber
elegido perdonar a otra mujer que había estado del lado de Valentine, y que había ido hacia el con
una niña en los brazos, esperando hacer las cosas bien. Esa mujer había sido Jocelyn, y ese bebé se
había convertido en Clary, la primera y única persona que él había visto crecer.
Nunca pensó que algún día tendría a su propio hijo, para verlo crecer.
Maryse lo miró de vuelta, para muy derecha, y muy alta. Tal vez lo que había asumido que
ella había pensado todos estos años estaba mal; Tal vez ella nunca decidió ignorar el pasado, y
pensó con orgullo de Nefilim que él tenía que seguir su ejemplo. Tal vez ella siempre quiso
disculparse, pero había sido demasiado orgullosa.
“Oh, Maryse,” dijo Magnus. “Olvídalo. Es enserio, no vuelvas a mencionarlo. En uno de
esos giros inesperados, somos familia. Todas las sorpresas hermosas de la vida son lo que hace
que valga la pena vivirla.”
“¿Aún te sorprendes?”
“Todos los días,” dijo Magnus. “Especialmente desde que conocí a tu hijo.”
Caminó fuera de la cocina con su hijo en brazos, y Maryse detrás de él, de vuelta a la
fiesta.
Su querido Alec, ejemplo de madurez, parecía estar golpeando a su parabatai en la cabeza.
La última vez que Magnus los había visto, estaban abrazados, por lo que Magnus dedujo que Jace
había hecho una de sus inoportunas bromas.
“¿Cuál es tu problema?” demandó Alec. Rió y siguió dándole golpes mientras Jace se
retorcía en el sofá, mandado a volar cojines, una muestra de la gracia de los Cazadores de
Sombras. “Enserio, Jace, ¿Cuál es tu problema?”
A Magnus le pareció una pregunta razonable.
Miró alrededor de la habitación. Simon bailaba muy mal con Isabelle. A Isabelle no parecía
importarle. Clary estaba saltando arriba y abajo con Marisol, siendo solo un poco más alta que la
más joven. Catarina parecía estar barriendo el piso con Jon Cartwright en las cartas, cerca de la
ventana.
Robert Lightwood estaba parado junto a Magnus. Robert debería dejar de escabullírsele
así a la gente. Alguien iba a terminar con un paro cardíaco.
“Hola, hombrecito,” dijo Robert. “¿Dónde te habías metido?”
Lanzó una mirada sospechosa a Maryse, quien puso los ojos en blanco.
“Magnus y yo estábamos teniendo una conversación,” dijo, tocando el brazo de Magnus.
Su comportamiento hizo sentido completamente a Magnus: gánate al yerno, ganas más
acceso al nieto. Había visto ese tipo de interacciones familiares antes, pero nunca pensó que sería
parte de ellas.
“Oh,” dijo Robert emocionado. “¿Ya decidieron su nombre?”
La última canción terminó justo en el momento que Robert hizo la pregunta. Su estridente
voz sobresalió del murmullo.
Alec saltó por encima de Jace y del sofá, para parase al lado de Magnus. El sofá colapsó
lentamente, con Jace aún atrapado entre los cojines.
Magnus miró a Alec, quien lo miró de vuelta, con la esperanza brillando en sus ojos. Era la
única cosa que no había cambiado de Alec en el tiempo que habían estado juntos: no engañaba,
no usaba trucos para esconder lo que sentía. Magnus no quería que jamás perdiera eso.
“La verdad, conversamos sobre el tema,” dijo Magnus. “Y creemos que tuvieron una
buena idea.”
“Entonces…” dijo Maryse.
Magnus inclinó la cabeza, lo más cercano que pudo hacer a una reverencia mientras
sostenía al bebé. “Me complace presentarles,” dijo, “a Max Lightwood.”
Magnus sintió la mano de Alec apoyarse, tibia como la gratitud y segura como el amor, en
su espalda. Miró al rostro del bebé. El bebé parecía más interesado en su botella que en su propio
nombre.
Iba a llegar el momento en que el niño, siendo un brujo, elegiría su propio nombre para
llevarlo durante los siglos. Hasta que llegara el momento en que fuera lo suficientemente grande
para decidir quién es, Magnus pensó que podría ser uno peor que éste, este signo de amor y
aceptación, de dolor y esperanza.
Max Lightwood.
Una bella sorpresa de la vida.
Hubo un rumor, un silencio encantado, con murmullos complacidos y de aprobación.
Entonces Maryse y Robert empezaron a discutir segundos nombres.
“Michael,” repitió Robert, un hombre terco.
Catarina camino hacia ellos, guardando un rollo de dinero en su sujetador, sin parecer la
profesora más apropiada en la historia. “¿Qué hay de Ragnor?” preguntó.
“Clary,” dijo Jace desde el caído sofá. “Ayúdame, el mundo se ha vuelto negro.”
Magnus se apartó del debate, porque el biberón de Max estaba casi vacío y Max estaba
empezando a llorar.
“No hagas uno con magia, haz uno real,” dijo Alec. “Si se acostumbra a que seas más
rápido para alimentarlo, tendrás que hacerlo todo el tiempo.”
“¡Eso es chantaje! No llores,” le pidió Magnus a su hijo, volviendo a la cocina para preparar
un biberón a mano.
No era tan difícil, hacer la fórmula a mano. Magnus había visto a Alec hacerlo muchas
veces, y descubrió que podía hacerlo imitando a Alec.
“No llores,” decía Magnus haciéndole mimos mientras se calentaba la leche. “No llores, y
no vomites en mi polera. Si haces alguna de esas dos cosas, te voy a perdonar, pero me voy a
enojar. Quiero que nos llevemos bien.”
Max comenzó a llorar. Magnus movió los dedos de su mano desocupada sobre la cara del
bebé, deseando que existiese un hechizo para hacer que los bebés dejaran de llorar y que no fuera
posible equivocarse.
Para su sorpresa, Max dejó de llorar, de la misma forma que lo hizo el día de ayer en el
vestíbulo cuando Alec lo tomó en brazos. Miraba con ojos llorosos, interesados en las chispas que
salían de los dedos de Magnus.
“¿Lo ves?” dijo Magnus, y le devolvió el biberón, lleno otra vez. “Sabía que nos llevaríamos
bien.”
Se paró en la puerta de la cocina, meciendo a Max en sus brazos. Hace tres años, habría
pensado que nada de esto era posible. Había tanta gente a la que se sentía conectado, en esa
habitación. Muchas cosas habían cambiado, y habían tantas cosas que potencialmente podían
cambiar que era aterrador, pensar que todo eso se podía perder, y era emocionante pensar en
todo lo que había ganado.
Miró a Alec, quien estaba parado entre sus padres, con una postura confiada y relajada, su
boca formando una sonrisa en respuesta a algo que uno de ellos dijo.
“Tal vez algún día seremos solo tú y yo, mi pequeño arándano,” dijo Magnus,
conversando. “Pero no en mucho, mucho tiempo. Vamos a cuidarlo, ambos. ¿O no?”
Max Lightwood hizo un sonido alegre y burbujeante, que Magnus tomó como un sí.
Esta cálida e iluminada habitación no era un mal lugar para el comienzo del camino de su
pequeño para descubrir que había mucho más en la vida de lo que algunas personas aprenden
jamás, que había amor ilimitado por encontrar, y tiempo para descubrirlo. Magnus tenía que
confiar en eso por él, por su hijo, por su amado, por todos los brillantes y marchitos mortales, y
por todos los duraderos, luchadores inmortales que conocía, habría suficiente tiempo.
Puso la botella a un lado y presionó sus labios sobre el rizado cabello que cubría la cabeza
de su hijo. Oyó a Max emitiendo un pequeño murmullo en su oído. “No te preocupes,” murmuró
Magnus de vuelta. “Estamos todos juntos es esto.”
mirando el crepúsculo y sintiéndose un poco incómodo.
“Podría jurar que esta torre estaba inclinada.”
“Huh,” dijo Magnus. “La percepción es una cosa graciosa.”
Simon no estaba seguro de lo que Magnus quería. Le agradaba Magnus. Solo que nunca
había tenido una conversación profunda con él, y ahora Magnus le estaba dando una mirada que
decía ¿cuál es tu trato, Simon Lewis? Magnus incluso hacía que la raída camiseta gris que estaba
usando tuviera estilo. Estaba casi seguro que Magnus era demasiado cool como para que le
importara su trato.
Miró hacia Magnus, que estaba parado junto a una de las grandes ventanas de la torre, el
viento de la noche removiendo su cabello.
“Una vez te dije,” ofreció Magnus, “que algún día, de todas las personas que conocemos,
nosotros dos íbamos a ser los únicos que quedaríamos.”
“No lo recuerdo,” dijo Simon.
“¿Por qué habrías de hacerlo?” Preguntó Magnus. “Salvo que un tornado venga ahora y
nos barra a todos de la existencia, eso ya no es verdad. Ahora eres mortal. E incluso los inmortales
pueden morir. Esta torre puede colapsar y dejar a todos llorándonos.”
La vista de la torre, las estrellas sobre el bosque, era hermosa. Simon quería bajar.
Magnus puso la mano en su bolsillo y sacó una vieja moneda. Simon no podía ver la
inscripción en la oscuridad, pero pudo ver que había una escrita.
“Esto perteneció a Raphael una vez. ¿Recuerdas a Raphael?” Preguntó Magnus. “El
vampiro que te convirtió.”
“Solo en partes,” Dijo Simon. “Recuerdo que me dijo que Isabelle estaba fuera de mi
alcance.”
Magnus volteó su cabeza, no pudiendo esconder su sonrisa. “Eso suena como Raphael.”
“Recuerdo—sentirlo morir,” dijo Simon, su voz atorándose en su garganta. Eso era lo peor
de sus memorias robadas, que el peso de la memoria continuara allí cuando todo lo demás se fue,
que sintiera la perdida sin saber lo que perdió. “Significó algo para mí, pero no sé si yo le agradaba.
No sé si el me agradaba.”
“Él se sentía responsable por ti,” Dijo Magnus. “Hoy se me ocurrió que yo debería sentirme
responsable por ti de la misma manera. Yo fui el que realizó el hechizo que te devolvió tus
recuerdos; yo fui el que te dirigió en el camino hacia la Academia y los Cazadores de Sombras.
Raphael fue el primero en colocarte en un mundo diferente, pero yo te coloque en otro también.”
“Yo tomé mis propias decisiones,” dijo Simon. “Tú me diste la oportunidad de hacerlo. No
me arrepiento que lo hicieras. ¿Te arrepientes de haberme devuelto mis recuerdos?”
Magnus sonrió. “No, no me arrepiento. Catarina me dijo lo que está pasando en la
academia. Parece que estás haciendo un buen trabajo tomando tus decisiones sin mí.”
“Estuve tratando,” dijo Simon.
Se había sorprendido cuando Alec lo alabó, y no esperaba que Magnus lo hiciera. Pero se
sintió cálido con las palabras de Magnus, en todo el cuerpo, a pesar del viento que venía de la fría
oscuridad. Magnus no estaba hablando de los pedazos de su casi olvidado pasado, sino de lo que
estaba pasando ahora y lo que ha hecho desde entonces.
No era algo grandioso, pero estaba tratando.
“También escuché que tuviste una pequeña Aventura en la Tierra de las Hadas,” dijo
Magnus. “También estuvimos teniendo problemas con los vendedores de fruta de hada en Nueva
York. Parte de las hadas corriendo libremente es como la Paz Fría. Personas que no son confiables
se vuelven desconfiables. Pero hay otra cosa que está mal. La Tierra de las Hadas es una tierra sin
reglas, sin líderes. La Reina, que era aliada de Sebastian, se esfumó, y corren rumores oscuros del
por qué. Ninguno que repetiría a la clave, porque impondrían castigos crueles a las hadas. Se
hacen más duros, y las hadas más salvajes, el odio entre ellos crece día a día. Hay tormentas detrás
de ti, Simon. Pero hay otra, aún más grande, que está llegando. Las antiguas reglas de están
desvaneciendo. ¿Estás listo para otra tormenta?”
Simon estaba en silencio. No supo que responder.
“Te estuve viendo con Clary, y con Isabelle,” Magnus continuó. “Sé que estás en camino a
la Ascensión, a tener una parabatai y un amor Cazadora de Sombras. ¿Estás feliz con eso? ¿Estás
seguro?”
“No sé si estoy seguro,” dijo Simon. “No sé si estoy listo tampoco. No puedo decir que no
he tenido dudas, que no he pensado en dar vuelta atrás y ser el chico con la banda en Brooklyn.
Pienso que a veces es muy difícil creer en ti mismo. Haces las cosas que no estás seguro que
puedes hacer. Solo actúas, aunque nada sea seguro. No creo que pueda cambiar el mundo—suena
tonto incluso el decirlo—pero voy a tratar.”
“Todos cambiamos el mundo, con cada día en el que vivimos en él,” Dijo Magnus. “Solo
tienes que decidir cómo quieres cambialo. Yo te traje a este mundo, por segunda vez, y aunque tus
decisiones son tuyas, siento algo de responsabilidad. Incluso si estas comprometido, tienes otras
opciones. Puedo arreglar para que seas un vampiro otra vez, o un hombre lobo. Ambas son
riesgosas, pero no tan riesgosas como Ascender.”
“Si. Quiero intentar cambiar el mundo como un Cazador de Sombras” dijo Simon. “De
verdad. Quiero intentar y cambiar la Clave desde adentro. Quiero ese poder particular para ayudar
a las personas. Vale la pena.”
Magnus asintió.
De verdad lo piensa, pensó Simon, cuando dijo que las decisiones de Simon eran suyas. Lo
dejó en Simon, ese día en Brooklyn cuando Magnus e Isabelle se le acercaron fuera de la escuela.
No dudaba de Simon ahora, incluso cuando Simon temía que haber elegido ser un Cazador en vez
de un Submundo lo haya ofendido. No quería ser como los Cazadores de Sombras que creían ser
superiores a los Submundos. Quería ser una especie distinta de Cazadores de Sombras.
Magnus no se veía ofendido. Se paró en lo alto de la torre, sobre la piedra iluminada por la
luz de las estrellas, volteando la moneda que había pertenecido a los muertos en sus dedos. Se
veía pensativo.
“¿Pensaste en tu nombre de Cazador de Sombras?”
“Um ... ,” dijo Simon tímidamente. “Un poco. Me estaba preguntando, en realidad— ¿cuál
es tu nombre verdadero?”
Magnus lo miró de reojo. Nadie hacía eso como alguien con ojos de gato. “Magnus Bane,”
dijo. “Sé que olvidaste muchas cosas, Smedley, pero de verdad.”
Simon acepto el sutil rebote. Entendió por qué Magnus se opondría a la implicación de que
el nombre que había elegido para definirse no era real.
“Lo siento,” dijo. “Es que mi mente siempre vuelve a los nombres. Si sobrevivo la
Ascensión, Tendré que elegir un nombre de Cazador de Sombras. No sé cómo elegir el adecuado—
no sé cómo elegir uno que signifique algo más que cualquier otro nombre.”
Magnus frunció el ceño. “No sé si sirvo para dar algún sabio consejo. Tal vez tendría que
usar una barba blanca para convencerme de que soy un sabio. Elije alguno que se sienta correcto,
y no te preocupes demasiado,” dijo Magnus eventualmente. “Va a ser tu nombre. Vas a vivir con
él. Tu vas a darle significado, no al revés.”
“Voy a intentarlo” dijo Simon. “¿Hay alguna razón especial por la que sentías que ‘Magnus
Bane’ era el correcto?”
“’Magnus Bane’ se sentía como el correcto por muchas razones” dijo Magnus, lo que no
era exactamente una respuesta. Pareció notar la decepción de Simon, y le dio lástima, porque
añadió: “Aquí hay una”
Magnus pasó la moneda por abajo y arriba de sus dedos, haciendo girar el círculo de metal
cada vez más rápido. Líneas azules de magia parecían salir de sus anillos, como una pequeña
tormenta en la palma de su mano, envolviendo la moneda en una red de chispas.
Entonces Magnus lanzó la moneda hacia afuera de la torre, hacia el viento de la noche.
Simon pudo ver la moneda cayendo, todavía envuelta en fuego azul, yendo más allá de los límites
de la academia.
“Existe un fenómeno científico para describir lo que sucede cuando un objeto está en
movimiento. Uno cree que sabe exactamente qué camino va a recorrer y dónde caerá. Entonces,
sin ninguna razón aparente… el arco cambia. Va hacia donde no lo esperas.”
Magnus chasqueó los dedos, y la moneda regresó haciendo un zigzag en el aire, y volvió
hacia ellos mientras Simon observaba, y sintió que era la primera vez que veía magia de verdad.
Dejó la moneda en la palma de Magnus y sonrió, una sonrisa rebelde, y sus ojos se veían tan
dorados como un tesoro recién descubierto.
“Se llama el efecto Magnus” dijo.
***
“Fzzz” dijo Clary, con su roja cabellera colgando sobre la carita zul oscuro del bebé. Le
daba pequeños besos en las mejillas, zumbando como una abeja mientras lo hacía, y el bebé reía y
trataba de tomar sus rizos. “Fzzz, fzzz, fzzz. No sé qué estoy haciendo. Nunca he tenido una
relación cercana con los bebés. Por dieciséis años pensé que era hija única, bebé. Y después de
eso, bebé, no quieres saber qué pensaba. Por favor perdóname si estoy haciendo esto mal, bebé.
¿Te gusto? Tú me gustas”
“Dame al bebé,” dijo Maryse, celosa. “Lo has tenido por cuatro minutos enteros, Clarissa.”
Había una fiesta en la suite de Magnus y Alec, y el juego preferido era Pasar el Bebé. Todos
querían tomarlo. Simon había tratado descaradamente de ganarse el favor del padre de Isabelle
enseñándole a usar la función de cronómetro de su reloj digital. Ahora Robert tenía el reloj
afirmado con fuerza, estudiándolo de cerca. Sería el turno de Robert para tomar en brazos al bebé
en dieciséis minutos, y había tomado a Simon por el hombro y le dijo “Gracias, hijo”, lo que Simón
había tomado como su bendición para salir con la hija de Robert. No se arrepentía de la pérdida de
su reloj.
Clary entregó al bebé, y se apoyó en el respaldo del sofá entre Simon y Jace. El sofá crujió
peligrosamente mientras ella lo hacía. Simon habría estado a salvo en la antiguamente inclinada
torre, pero estaba dispuesto a correr peligro para estar junto a Clary.
“Es tan tierno,” susurró Clary a Simon y Jace. “Aunque es raro pensar que es de Alec y
Magnus. Digo, ¿pueden imaginarlo?”
“No es tan extraño” dijo Jace. “Digo, puedo imaginarlo.”
Un rubor apareció en sus pómulos. Se acercó al borde del sofá mientras Clary se daba
vuelta a mirarlo.
Clary y Simon lo juzgaban con la mirada. Eso hizo muy feliz a Simon, Juzgar juntos a la
gente era una parte esencial de su amistad.
Entonces Clary se hizo hacia adelante y besó a Jace.
“Retomemos esta conversación en unos diez años” dijo. “O tal vez más. Iré a bailar con las
chicas.”
Se dirigió hacia Isabelle, quien ya se encontraba bailando la suave música en el medio de
un círculo de admiradores que vinieron al oír que ella estaba de vuelta. Entre ellos se encontraba
Marisol, quien Simon pensó que estaba determinada a ser Isabelle cuando fuera mayor.
La celebración del bebé Lightwood estaba en pleno apogeo. Simon sonrió mientras miraba
a Clary. Recordó un par de ocasiones en las que Clary había sido cuidadosa alrededor de otras
chicas, y ellos se quedaban juntos. Era genial ver a Isabelle extender sus manos a Clary, y que Clary
las tomara firmemente sin pensarlo.
“Jace” dijo Simon, mientras Jace miraba a Clary e Isabelle y sonreía. Jace lo miró y parecía
molesto. “¿Recuerdas cuando dijiste que deseabas que yo pudiera recordar?”
“¿Por qué me preguntas a mí si recuerdo cosas?” preguntó Jace, sonando definitivamente
molesto. “No soy yo el que tiene problemas para recordar cosas, ¿recuerdas?”
“Sólo quería saber a qué te referías con eso”
Simon esperó, dándole a Jace otra oportunidad para que se aprovechara de su amnesia
demoniaca y le dijera otro secreto falso. En vez de eso, Jace parecía increíblemente incómodo.
“Nada” dijo. “¿A qué me refería? A nada.”
“¿Te referías a que querías que recordara el pasado en general?” preguntó Simon. “¿Para
que pudiera recordar todas las aventuras que tuvimos y todos los vínculos que formamos?"
Jace seguía con una expresión incómoda. Simon recordó a Alec comentando que Jace
había estado muy alterado.
“Espera, ¿cuál es la verdad?” preguntó Simon, incrédulo. “¿Me extrañaste?”
“¡Obviamente no!” gritó Jace. “Nunca te extrañaría. Yo, eh, me refería a algo específico.”
“Está bien. Entonces, ¿qué hecho específico querías que recordara?” preguntó Simon.
Miró a Jace sospechosamente. “¿Fue la mordida?”
“¡No!” respondió Jace.
“¿Fue un momento especial para ti?” preguntó Simon. “¿Uno que compartimos juntos que
querías que recordara?”
“Recuerda este momento” dijo Jace. “A la próxima oportunidad que se presente, voy a
dejar que mueras al fondo de un bote del mal. Quiero que recuerdes el por qué.”
Simon sonrió para sí mismo. “No, no lo harás. Nunca dejarás que muera al fondo de un
bote del mal.” Murmuró mientras Alec caminaba hacia el desgastado sofá y Jace parecía furioso
por lo que estaba escuchando.
“Simon, normalmente es un gusto hablar contigo,” dijo Alec. “¿Pero puedo hablar un
momento con Jace?”
“Oh, es cierto” dijo Simon. “Jace, había olvidado lo que quería decirte. Pero ahora me
acuerdo perfectamente. Alec y yo tuvimos una pequeña charla sobre su problema conmigo. Tu
sabes, el que tú me dijiste que tenía conmigo. El secreto terrible.”
Los ojos dorados de Jace quedaron sin expresión. “Ah.” Dijo.
“Piensas que eres muy gracioso, ¿verdad?”
“Aunque me doy cuenta de que ambos están un poco molestos conmigo, y que este no es
el momento para elogiarme,” dijo Jace lentamente, “honestamente debo decirles que: Sí, sí.
Efectivamente creo que soy gracioso. ‘Ahí va Jace Herondale’ dice la gente. ‘Con su gran ingenio, y
totalmente genial. Es una carga que Simon jamás podrá entender.”
“Alec va a matarte.” Informó Simon, y le dio unas palmadas en el hombro a Jace. “Y creo
que es lo justo. En lo que a mí respecta, te voy a extrañar.”
Se paró del sofá. Alec avanzó hacia Jace.
Simon confió en que Alec ejecutaría su venganza por ambos. Había perdido suficiente
tiempo en esa broma estúpida.
George estaba bailando con Beatriz y Julie, haciendo payasadas para hacerlas reír. Beatriz
ya se estaba riendo, y Simon pensó que a Julie no le faltaba mucho.
“Vamos, bailar conmigo no está tan mal,” le dijo George a Julie. “Tal vez no sea Magnus
Bane…” hizo una pausa y miró a Magnus, quien se había cambiado a una camisa negra de gasa con
lentejuelas azules colgando abajo. “Definitivamente no podría llevar eso,” añadió. “Pero yo hago
ejercicio, y tengo acento escocés.”
“Sabes que es cierto,” dijo Simon. Chocó palmas con George y sonrió a las chicas, pero ya
estaba avanzando más allá, abriéndose paso hacia el centro de los bailarines.
En su camino hacia Isabelle.
Apareció detrás de ella y deslizó su brazo por su cintura. Ella se apoyó en él. Estaba usando
el mismo vestido que usó el día en que la vio por primera vez, por segunda vez, recordándole el
cielo estrellado sobre la academia de Cazadores de Sombras.
“Oye,” le susurró. “Quiero decirte algo.”
“¿Qué cosa?” susurró de vuelta Isabelle.
Simon la volteó hacia él, y ella lo dejó. Pensó que deberían tener esta conversación cara a
cara.
Detrás de ella, pudo ver a Jace y Alec. Se estaban abrazando, y Alec estaba riendo. Jace le
daba palmadas en la espalda como felicitándolo. Vaya terrible venganza, aunque no le importó a
Simon.
“Quería hablar contigo antes de tratar de Ascender.” Dijo.
La sonrisa desapareció del rostro de Isabelle. “Si esto es un discurso de en-caso-de-quemuera,
no quiero escucharlo.” Dijo fieramente. “No me vas a hacer eso. Ni siquiera consideres
morir. Vas a estar bien.”
“No.” Dijo Simon. “Lo entendiste mal. Quería decírtelo ahora, porque si Asciendo, tendré
mi memoria de vuelta.”
Isabelle parecía confundida en lugar de enojada, lo que era un progreso. “¿Entonces qué
es?”
“No me importa si recupero la memoria o no,” dijo Simon. “No me importa si otro
demonio me quita la memoria mañana. Te conozco: Vendrás a buscarme otra vez, vendrás a
rescatarme sin importar lo que pase. Vendrás por mí, y te descubriré nuevamente. Te amo sin los
recuerdos. Te amo ahora.”
Hubo una pausa, rota por cosas irrelevantes como la música y el murmullo de la gente
alrededor de ellos. No podía descifrar la expresión de Isabelle.
Isabelle dijo calmadamente: “Lo sé.”
Simon la miró fijamente. “Eso fue…” dijo lentamente. “¿Eso fue una referencia a Star
Wars? Porque de ser así, quiero declarar mi amor otra vez.”
“Adelante.” Dijo Isabelle. “De veras. Dilo otra vez. He estado esperando mucho tiempo.”
“Te amo” dijo Simon.
Isabelle se puso a reír. Simon habría pensado que estaría destruido si le dijera a una chica
que la amaba y que en respuesta ella se riera. Pero Isabelle siempre lo sorprendía. No podía dejar
de mirarla. “¿De verdad?” le preguntó, y sus ojos brillaban. “¿De verdad?”
“De verdad.” Dijo Simon.
La acercó a él, y bailaron juntos, en el piso más alto de la academia, en el corazón de su
familia. En vista de que ella esperó mucho tiempo, se lo repitió una y otra vez.
***
Magnus seguía perdiendo de vista al bebé. Esto no era una buena señal para el futuro.
Magnus estaba seguro de que debías siempre saber dónde estaba.
Eventualmente encontró al bebé con Maryse, quien lo había reclamado triunfantemente y
había corrido a la cocina a arrullar a su tesoro.
“Oh, hola,” dijo Maryse, mostrándose un poco culpable.
“Hola, tú,” dijo Magnus, y curvó su mano sobre la pequeña cabeza azul, sintiendo sus rizos.
“Y hola, tú.”
El bebé dejo salir un gemido de irritación. Magnus pensó que estaba aprendiendo a
distinguir entre los distintos gemidos, e hizo aparecer mágicamente un biberón con leche, lista.
Extendió las manos, y Maryse juntó visiblemente la fuerza de voluntad para pasarle al bebé.
“Eres bueno con él.” Dijo Maryse mientras Magnus lo acomodaba en su brazo y le ponía el
biberón en la boca.
“Alec es mejor.” Dijo Magnus.
Maryse sonrió y se veía orgullosa. “Es muy maduro para su edad,” dijo afectuosamente, y
dudó. “Yo… no lo era, a su edad, cuando era una joven madre. No me… comporté de una forma en
la que me gustaría que mis hijos vieran. No es una excusa.”
Magnus miró hacia el rostro de Maryse. Recordó enfrentarse a ella en lados opuestos
alguna vez, hace mucho tiempo, cuando ella había sido uno de los discípulos de Valentine, y sintió
que la odiaría y a todos los que tuvieran que ver con ella para siempre. También recordó haber
elegido perdonar a otra mujer que había estado del lado de Valentine, y que había ido hacia el con
una niña en los brazos, esperando hacer las cosas bien. Esa mujer había sido Jocelyn, y ese bebé se
había convertido en Clary, la primera y única persona que él había visto crecer.
Nunca pensó que algún día tendría a su propio hijo, para verlo crecer.
Maryse lo miró de vuelta, para muy derecha, y muy alta. Tal vez lo que había asumido que
ella había pensado todos estos años estaba mal; Tal vez ella nunca decidió ignorar el pasado, y
pensó con orgullo de Nefilim que él tenía que seguir su ejemplo. Tal vez ella siempre quiso
disculparse, pero había sido demasiado orgullosa.
“Oh, Maryse,” dijo Magnus. “Olvídalo. Es enserio, no vuelvas a mencionarlo. En uno de
esos giros inesperados, somos familia. Todas las sorpresas hermosas de la vida son lo que hace
que valga la pena vivirla.”
“¿Aún te sorprendes?”
“Todos los días,” dijo Magnus. “Especialmente desde que conocí a tu hijo.”
Caminó fuera de la cocina con su hijo en brazos, y Maryse detrás de él, de vuelta a la
fiesta.
Su querido Alec, ejemplo de madurez, parecía estar golpeando a su parabatai en la cabeza.
La última vez que Magnus los había visto, estaban abrazados, por lo que Magnus dedujo que Jace
había hecho una de sus inoportunas bromas.
“¿Cuál es tu problema?” demandó Alec. Rió y siguió dándole golpes mientras Jace se
retorcía en el sofá, mandado a volar cojines, una muestra de la gracia de los Cazadores de
Sombras. “Enserio, Jace, ¿Cuál es tu problema?”
A Magnus le pareció una pregunta razonable.
Miró alrededor de la habitación. Simon bailaba muy mal con Isabelle. A Isabelle no parecía
importarle. Clary estaba saltando arriba y abajo con Marisol, siendo solo un poco más alta que la
más joven. Catarina parecía estar barriendo el piso con Jon Cartwright en las cartas, cerca de la
ventana.
Robert Lightwood estaba parado junto a Magnus. Robert debería dejar de escabullírsele
así a la gente. Alguien iba a terminar con un paro cardíaco.
“Hola, hombrecito,” dijo Robert. “¿Dónde te habías metido?”
Lanzó una mirada sospechosa a Maryse, quien puso los ojos en blanco.
“Magnus y yo estábamos teniendo una conversación,” dijo, tocando el brazo de Magnus.
Su comportamiento hizo sentido completamente a Magnus: gánate al yerno, ganas más
acceso al nieto. Había visto ese tipo de interacciones familiares antes, pero nunca pensó que sería
parte de ellas.
“Oh,” dijo Robert emocionado. “¿Ya decidieron su nombre?”
La última canción terminó justo en el momento que Robert hizo la pregunta. Su estridente
voz sobresalió del murmullo.
Alec saltó por encima de Jace y del sofá, para parase al lado de Magnus. El sofá colapsó
lentamente, con Jace aún atrapado entre los cojines.
Magnus miró a Alec, quien lo miró de vuelta, con la esperanza brillando en sus ojos. Era la
única cosa que no había cambiado de Alec en el tiempo que habían estado juntos: no engañaba,
no usaba trucos para esconder lo que sentía. Magnus no quería que jamás perdiera eso.
“La verdad, conversamos sobre el tema,” dijo Magnus. “Y creemos que tuvieron una
buena idea.”
“Entonces…” dijo Maryse.
Magnus inclinó la cabeza, lo más cercano que pudo hacer a una reverencia mientras
sostenía al bebé. “Me complace presentarles,” dijo, “a Max Lightwood.”
Magnus sintió la mano de Alec apoyarse, tibia como la gratitud y segura como el amor, en
su espalda. Miró al rostro del bebé. El bebé parecía más interesado en su botella que en su propio
nombre.
Iba a llegar el momento en que el niño, siendo un brujo, elegiría su propio nombre para
llevarlo durante los siglos. Hasta que llegara el momento en que fuera lo suficientemente grande
para decidir quién es, Magnus pensó que podría ser uno peor que éste, este signo de amor y
aceptación, de dolor y esperanza.
Max Lightwood.
Una bella sorpresa de la vida.
Hubo un rumor, un silencio encantado, con murmullos complacidos y de aprobación.
Entonces Maryse y Robert empezaron a discutir segundos nombres.
“Michael,” repitió Robert, un hombre terco.
Catarina camino hacia ellos, guardando un rollo de dinero en su sujetador, sin parecer la
profesora más apropiada en la historia. “¿Qué hay de Ragnor?” preguntó.
“Clary,” dijo Jace desde el caído sofá. “Ayúdame, el mundo se ha vuelto negro.”
Magnus se apartó del debate, porque el biberón de Max estaba casi vacío y Max estaba
empezando a llorar.
“No hagas uno con magia, haz uno real,” dijo Alec. “Si se acostumbra a que seas más
rápido para alimentarlo, tendrás que hacerlo todo el tiempo.”
“¡Eso es chantaje! No llores,” le pidió Magnus a su hijo, volviendo a la cocina para preparar
un biberón a mano.
No era tan difícil, hacer la fórmula a mano. Magnus había visto a Alec hacerlo muchas
veces, y descubrió que podía hacerlo imitando a Alec.
“No llores,” decía Magnus haciéndole mimos mientras se calentaba la leche. “No llores, y
no vomites en mi polera. Si haces alguna de esas dos cosas, te voy a perdonar, pero me voy a
enojar. Quiero que nos llevemos bien.”
Max comenzó a llorar. Magnus movió los dedos de su mano desocupada sobre la cara del
bebé, deseando que existiese un hechizo para hacer que los bebés dejaran de llorar y que no fuera
posible equivocarse.
Para su sorpresa, Max dejó de llorar, de la misma forma que lo hizo el día de ayer en el
vestíbulo cuando Alec lo tomó en brazos. Miraba con ojos llorosos, interesados en las chispas que
salían de los dedos de Magnus.
“¿Lo ves?” dijo Magnus, y le devolvió el biberón, lleno otra vez. “Sabía que nos llevaríamos
bien.”
Se paró en la puerta de la cocina, meciendo a Max en sus brazos. Hace tres años, habría
pensado que nada de esto era posible. Había tanta gente a la que se sentía conectado, en esa
habitación. Muchas cosas habían cambiado, y habían tantas cosas que potencialmente podían
cambiar que era aterrador, pensar que todo eso se podía perder, y era emocionante pensar en
todo lo que había ganado.
Miró a Alec, quien estaba parado entre sus padres, con una postura confiada y relajada, su
boca formando una sonrisa en respuesta a algo que uno de ellos dijo.
“Tal vez algún día seremos solo tú y yo, mi pequeño arándano,” dijo Magnus,
conversando. “Pero no en mucho, mucho tiempo. Vamos a cuidarlo, ambos. ¿O no?”
Max Lightwood hizo un sonido alegre y burbujeante, que Magnus tomó como un sí.
Esta cálida e iluminada habitación no era un mal lugar para el comienzo del camino de su
pequeño para descubrir que había mucho más en la vida de lo que algunas personas aprenden
jamás, que había amor ilimitado por encontrar, y tiempo para descubrirlo. Magnus tenía que
confiar en eso por él, por su hijo, por su amado, por todos los brillantes y marchitos mortales, y
por todos los duraderos, luchadores inmortales que conocía, habría suficiente tiempo.
Puso la botella a un lado y presionó sus labios sobre el rizado cabello que cubría la cabeza
de su hijo. Oyó a Max emitiendo un pequeño murmullo en su oído. “No te preocupes,” murmuró
Magnus de vuelta. “Estamos todos juntos es esto.”
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