10.4

“¡Buenos días!” Simon cantó, mientras salía del portal y entraba a su habitación- justo a tiempo
para ver a Julie salir por la puerta.
“Er...Buenos días” George murmuró metido debajo de las sabanas. “No estaba seguro si volverías”
“¿Acabo de ver a…?
“Un caballero no besa y dice” George sonrió. “Hablando de eso, ¿debería preguntarte donde
estuviste toda la noche?”
“No deberías”, Simon dijo con firmeza. Hizo lo mejor que pudo para ocultar una sonrisa traviesa,
soñadora y enamorada mientras cruzaba la habitación para buscar algo de ropa limpia.
“Estas dando saltitos mientras caminas” dijo George acusatoriamente.
“No”
“Y estabas tatareando” añadió.
“Definitivamente no”
“¿Sería bueno mencionarte que Jon Cartwright ya 35 veces parece haber hecho sus necesidades
en tu cajón de camisetas?”
Pero esta mañana nada parecía arruinar el buen humor de Simon. No cuando aún podía sentir el
rastro de las caricias de Isabelle. Su cuerpo se sacudió al recordarlo. Sus labios se sentían
hinchados. “Puedo conseguir camisetas nuevas” Simon dijo animadamente. Él pensó que de ahora
en adelante podría ser capaz decirlo todo animadamente.
“Creo que este lugar te ha oficialmente vuelto loco” George suspiró sonando un poco con tristeza.
“Voy a extrañar este lugar”
“No vas a llorar otra vez, ¿o sí? Creo que todavía hay un poco de fango en mi cajón de medias si
quieres ponerte todo sentimental”
“¿Puedes usar medias para convertirte en una máquina sobrehumana mitad-ángel caza
demonios? George pensó.
“Al menos no con sandalias” Simon respondió rápidamente. Él no había salido con Isabelle todo
esos meses sin aprender algo sobre moda y calzado. “Nunca con sandalias”
Ellos se vistieron para la ceremonia- eligieron después de un pequeño debate, los atuendos que
más destacaban su personalidad. Lo que significaba, para George, Jeans y una camiseta de rugby; y
para Simon, una camiseta desgastada que él había hecho cuando la banda se llamaba “La pandilla
de la muerte de cerdos de Guinea” (Era algo que por fortuna había estado en el suelo, y por lo
tanto libre de excremento de rata). Después, sin mucha charla, comenzaron a empacar sus
pertenencias. La academia no celebraba muchos eventos- probablemente algo bueno, pensó
Simon, desde que en la última fiesta que se celebró, uno de los primíparos había lanzado una
flecha de fuego por equivocación y había incendiado el techo. No iba a haber fiesta de graduación,
no pose para las cámaras de padres orgullosos, no había anuario o el lanzar de los birretes al aire.
Solo el ritual de ascenso, lo que sea que eso significaba, y solo eso. El fin de la academia; el
comienzo del resto de sus vidas.
“No es como si no nos veremos de nuevo” dijo George de repente, en un tono que mostraba que
era algo que lo estaba preocupando desde hace tiempo.
Simon iba a volver a Nueva York, Y George iba para el instituto de Londres, donde se decía que un
Lovelace era siempre bienvenido. Pero, ¿que era un océano de por medio cuando podías hacer un
portal, o enviar un email?
“Por supuesto que no”, dijo Simon.
“No, supongo que no”
George se distrajo doblando cuidadosamente sus medias dentro de su maleta, lo cual Simon
encontró alarmante, pues era la primera vez que George hacia algo ordenado en 2 años.
“Tú eres mi mejor amigo, ¿sabes?” dijo George sin levantar la mirada. Y luego para prevenir una
discusión, añadió rápidamente. “No te preocupes, yo sé que yo no soy tu mejor amigo. Tú tienes a
Clary. Y a Isabelle. Y tus compañeros de banda. Lo sé. Solo pensé que deberías saberlo.”
De alguna forma, Simon ya lo sabía. Nunca se había molestado en pensar mucho acerca de eso- él
nunca pensaba mucho en George, porque esa era la esencia de George. Simon nunca tuvo que
pensar en George, nunca tuvo que descifrar que haría, o como podía reaccionar. El solo era el
constante y fiable George, siempre ahí, lleno de alegría y entusiasmo para compartir.
Ahora Simon pensó en George, en que tan bien George lo conocía y viceversa- no solo en cosas
grandes: sus miedos de fracasar en la academia, los desafortunados suspiros de Simon por
Isabelle, los aún más desafortunados suspiros de George por las chicas que se cruzaban en su
camino. Ellos se conocían en cosas pequeñas- que George era alérgico a las castañas, que Simon
era alérgico a los compromisos de latín, que George tenía un miedo paralizante por pájaros
grandes- y de alguna manera, eso significaba incluso más. En los últimos dos años ellos habían
desarrollado un lenguaje de compañeros de habitación, un lenguaje casi silencioso. No
exactamente como parabatais, Simon pensó, y no exactamente como mejores amigos. Pero no
menos que eso. No era algo que él quería dejar atrás para siempre.
“Tienes razón George. Yo tengo suficientes mejores amigos”
George frunció el ceño, tan sutilmente, que solo alguien que lo conociese tan bien como Simon
podría haberlo notado.
“Pero hay algo que yo nunca he tenido” Simon continuó. “No hasta ahora”
“¿Y qué es eso?”
“Un hermano”. Esa era la palabra adecuada. No es alguien que tu escoges- es alguien que el
destino elige por ti, alguien que, bajo otras circunstancias, no se hubiese interesado en conocerte,
y tú a él. Alguien por el que morirías y matarías sin pensarlo dos veces, porque él es familia.
Juzgando por la sonrisa radiante de George, la palabra también era la adecuada para él.
“¿Vamos a tener que abrazarnos ahora o qué?” George dijo.
“Creo que eso es inevitable”
El salón del Consejo era intimidantemente hermoso, con la luz de la mañana filtrándose por una
ventana en lo alto del techo con forma de domo. Le recordaba a Simon fotos que había visto del
Panteón, pero de alguna forma este lugar parecía aún más antiguo que la misma Roma clásica.
Este lugar parecía fuera del tiempo.
Los estudiantes de la academia se amontonaban en pequeños grupos, todos lo suficientemente
nerviosos y distraídos como para sólo comentar pasajeramente sobre el clima (que, como siempre
en Idris, era perfecto). Marisol sonrió a Simon y asintió firmemente cuando lo vio entrar a la sala,
como queriendo decir que nunca dudó de él… o casi.
Simon y George fueron los últimos en llegar, y poco después de eso, todos tomaron sus posiciones
para la ceremonia. Los siete mundanos estaban en fila por orden alfabético, ubicados al frente del
salón. Se suponía que debían ser diez, pero al parecer Sunil no fue el único que lo reconsideró en
el último momento. Leilana Jay, una chica muy alta, y muy pálida, de Memphis, y Boris Kashkoff,
un chico de Europa del este, de musculatura nudosa y mejillas rojas, se habían escabullido en
algún momento de la noche. Nadie hablaba de ellos, ni los profesores, ni los estudiantes. Era como
su nunca hubiesen existido, pensó Simon, y luego pensó en Sunil, Leilana y Boris, en algún lugar
del mundo, viviendo solos con el conocimiento del mundo de las sombras, conscientes del mal,
pero sin la voluntad ni la habilidad para luchar contra él. Hay más de una forma de luchar contra el
mal, pensó Simon, y era la voz de Clary en su cabeza, la voz de Isabelle, la voz de su madre, y su
propia voz. No hagas esto porque crees que tienes que hacerlo. Hazlo porque quieres.
Sólo si tú quieres.
Los estudiantes de la academia de Cazadores de Sombras –Simon ya no pensaba en ellos como “la
élite”, así como tampoco pensaba en él mismo o en los otros mundanos como “la basura”-
estaban sentados en las primeras dos filas del público. Los estudiantes ya no eran dos partes; eran
un solo cuerpo. Una unidad. Incluso Jon Cartwright se veía orgulloso de, y un poco nervioso por,
los mundanos al frente del salón –y cuando Simon lo encontró mirando a los ojos a Marisol y
presionando dos dedos en sus labios, y luego en su pecho, casi parecía que era lo correcto. (O al
menos, no un total crimen contra la naturaleza, lo que era un comienzo.) No habían miembros de
la familia en la audiencia –aquellos mundanos con parientes vivos (que deprimentemente eran
pocos), ya habían, por supuesto, cortado todos sus lazos. Los padres de George, que eran
cazadores de sombras de sangre, no por opción, podrían haber ido, pero él les pidió que no
fueran. “Sólo en caso de que explote, amigo” le confirió a Simon. “No me malinterpretes, los
Lovelace difícilmente son unidos, pero no creo que les vaya a agradar un montón de George
líquido.”
Sin embargo, la habitación estaba casi llena. Ésta era la primera generación de mundanos de la
academia que habría Ascendido en décadas, y más de algún cazador de sombras quería verlo en
persona. La mayoría eran desconocidos para Simon, pero no todos. Amontonados detrás de las
filas de estudiantes estaban Clary, Jace, Isabelle, Magnus, y Alec –quienes habían regresado como
sorpresa para la ocasión- junto con el revoltoso bebé azul. Todos ellos –incluido el bebé- tenían la
mirada fija en Simon, como si lo pudieran hacer superar la Ascensión con pura fuerza de voluntad.
Esto era, se dio cuenta Simon, lo que significaba Ascender. Esto era lo que significaba ser un
Cazador de Sombras. No era solo arriesgar la vida, ni dibujarse runas y pelear con demonios, y
ocasionalmente salvar al mundo. No era solo unirse a la Clave y acceder a seguir sus draconianas
reglas. Significaba formar parte de algo más grande que uno mismo, algo tan maravilloso como
aterrador. Sí, su vida era mucho más peligrosa de lo que era hace dos años, pero también estaba
más completa. Así como el salón del Consejo, estaba llena de gente que él amaba, de gente que lo
amaba.
Casi podrías llamarlos una familia.

 ***
Y entonces empezó.
Uno por uno, los mundanos fueron llamados al estrado, donde los profesores se encontraban en
una línea sombría, esperando estrechar sus manos y desearles suerte.
Uno por uno, los mundanos se acercaron a los círculos dobles trazados en el estrado y se
arrodillaron en el centro, rodeados de runas. Dos Hermanos Silenciosos se encontraban ahí en
caso de que algo saliera mal. Cada vez que un mundano se ponía en posición, ellos se inclinaban
sobre las runas e inscribían una nueva, que simbolizaba el nombre del estudiante. Entonces
regresaban a los costados del estrado nuevamente, quietos como estatuas vestidas en túnicas
color pergamino, observando. Esperando.
Simon también esperó mientras uno a uno sus amigos se llevaban la copa a los labios. Mientras
una llamarada color azul los rodeaba, y luego se extinguía.
Uno a uno.
Gen Almodovar. Thomas Daltrey. Marisol Garza.
Cada estudiante bebió.
Cada estudiante sobrevivió.
La espera era interminable.
Excepto cuando la Cónsul llamó su nombre, entonces se sintió demasiado pronto.
Los pies de Simon parecían bloques de cemento. Se obligó a ir hacia el estrado, un paso a la vez, su
pulso parecía un subwoofer, y hacía que todo su cuerpo temblara. Los profesores estrecharon su
mano, incluso Delany Scarsbury, quien murmuró, “Siempre supe que estabas hecho para esto,
Lewis.” Una mentira descarada. Catarina Loss apretó fuertemente su mano y lo acercó hacia ella,
con su brillante cabello blanco sobre su hombro mientras sus labios rozaban su oreja. “Termina lo
que empezaste, vampiro diurno. Tienes el poder de cambiar a estas personas para mejor. No lo
desperdicies.”
Como la mayoría de cosas que Catarina le decía, no tenía mucho sentido, pero una parte de él la
entendió perfectamente.
Simon se arrodilló al centro de los círculos y se recordó a él mismo respirar.
La Cónsul se paró frente a él, con su túnica tradicional roja rozando el suelo. Simon mantuvo la
vista en las runas, pero podía sentir a Clary detrás de él apoyándolo; podía oír el eco de la risa de
George; podía sentir el fantasma del tacto de Izzy en su piel. En el centro de los círculos, rodeado
de runas, esperando por la sangre divina correr por sus venas y cambiarlo de una forma
inimaginable, Simon se sintió profundamente solo –y a pesar de eso, al mismo tiempo, menos solo
de lo que había estado en toda su vida.
Su familia estaba ahí, apoyándolo.
No lo dejarían caer.
“¿Juras, Simon Lewis, abandonar el mundo mundano y seguir el camino del Cazador de Sombras?”
preguntó el Cónsul Penhallow. Simon había conocido a la Cónsul anteriormente, cuando había
dictado una clase en la Academia, y otra vez en el matrimonio de su hija con Helen Blackthorn. En
ambas ocasiones había parecido una madre típica: enérgica, eficiente, lo suficientemente
simpática, y no muy sorprendente. Pero ahora parecía temible y poderosa, menos que un
individuo y más como la depositario de miles de años de tradición de los Cazadores de Sombras.
“¿Tomarás la sangre del Ángel Raziel y honrarás dicha sangre? ¿Juras servir a la Clave, seguir la Ley
impuesta por El Pacto, y obedecer la palabra del Consejo? ¿Servirás aquello que es humano y
mortal, sabiendo que por tu servicio no habrá recompensa ni agradecimiento alguno, más que el
honor?”
Para los cazadores de sombras, los juramentos eran una cosa de vida o muerte. Si hacía esta
promesa, no había vuelta atrás, hacia la vida que alguna vez había tenido, a Simon Lewis, el
mundano nerd, aspirante a estrella de Rock. No había más opciones a considerar. Estaba sólo si
juramento, y una vida llena de esfuerzo para cumplirlo.
Simon sabía que si miraba hacia adelante se encontraría con los ojos de Isabelle, o con los de
Clary, y que sacaría fuerza de ellos. Podía preguntarles silenciosamente si ese era el camino
correcto, y ellas se lo asegurarían.
Pero la decisión no podía ser de ellas. Tenía que ser propia, y solamente suya.
Cerró los ojos.
“Lo juro.” Su voz no tembló.
“¿Puedes ser el escudo de los débiles, la luz en la oscuridad, una verdad entre falsedades, una
torre en la inundación, un ojo para ver cuando todos son ciegos?”
Simon imaginó la historia detrás de esas palabras, en todos los Cónsules antes de Jia Penhallow
por muchos siglos, sosteniendo esa misma Copa ante un mundano tras otro. Tantos mortales,
ofreciéndose voluntariamente para unirse a la lucha. Siempre le habían parecido valientes a
Simon, arriesgando sus vidas –sacrificando sus futuros por una causa mayor- no porque hubiesen
nacido dentro de una gran batalla del bien contra el mal, sino porque ellos habían escogido no
vivir en la banca, dejando que otros pelearan por ellos.
Había pensado que, si ellos eran valientes por tomar esa decisión, tal vez él también lo era.
Le pareció que si ellos eran lo suficiente valientes para tomar una decisión, quizá él lo era también.
Pero no se sentía como valentía, no ahora.
Solo se sentía como dar un paso más. Así de simple. Inevitable.
“Yo puedo” respondió Simon.
“Y cuando mueras, ¿Darás tu cuerpo a los Nephilim para ser quemado, y tus cenizas puedan ser
usadas para construir la ciudad de Huesos?”
Incluso pensar en esto no lo asustaba. De repente se sentía como un honor, que su cuerpo sea de
uso después de la muerte, que de ahora en adelante, el mundo de los cazadores de sombras
clame por él, eternamente.
“Lo haré” Simon dijo.
“Entonces bebe”
Simon tomó la copa entre sus manos. Era más pesada de lo que parecía y tibia al tacto. Lo que sea
que estuviese dentro no parecía sangre, por fortuna, pero no era algo que el reconocía. Si no lo
supiese mejor, Simon diría que la copa estaba llena de luz. Mientras se inclinaba, el líquido extraño
parecía tener un brillo suave, como si dijese. Ven, bébeme.
Él no podía recordar la primera vez que había visto la copa mortal- era una de las memorias
perdidas- pero el sabia el papel que había jugado en su vida, sabía que si no fuese por la copa, él y
Clary nunca hubiesen descubierto el mundo de los cazadores de sombras en primer lugar. Todo
había comenzado con la copa mortal; y parecía que todo iba a acabar ahí también.
No el final, Simon pensó rápidamente. Esperaba y no fuese el final.
Decían que entre más joven eras, tenías menos oportunidad de que la copa te matase. Simon
tenía, subjetivamente, diecinueve años. Pero por regla de los cazadores de sombras ahora tenía
solo dieciocho. Aparentemente los meses como vampiro no contaban. Y él esperaba que la copa
supiese eso también.
“Bebe” La cónsul repitió nuevamente, una nota de humanidad deslizándose en su voz.
Simon llevó la copa a sus labios.
Y bebió.
***
Él está envuelto en los brazos de Isabelle, el cabello de Isabelle formando una cortina alrededor de
él. Él está tocando el cuerpo de Isabelle, él está perdido en Isabelle, en su olor, su sabor y su piel
suave como la seda.
Él está en el escenario, la música sonando, el suelo sacudiéndose, el público gritando, su corazón
latiendo latiendo latiendo a la par de la batería.
Él está riendo con Clary, bailando con Clary, comiendo con Clary, corriendo a través de las calles de
Brooklyn con Clary, ellos son niños juntos, cada uno es la mitad de un todo, ellos se toman de la
mano, se dan un apretón y prometen nunca dejarlo todo atrás.
Él está frio, rígido, la vida saliendo de su cuerpo, el está abajo, en la oscuridad, trepando su camino
hacia la luz, las uñas enterrándose en la tierra, la boca llena de tierra, los ojos llenos de tierra, él
está tirando, alcanzando Arrastrándose hacia el cielo, y cuando logra llegar, él abre su boca pero
no para respirar, porque ya no le hace falta respirar, si no que para alimentarse. Y es que esta
hambriento.
Él está hundiendo sus dientes en el cuello del hijo de un ángel, bebiendo su luz.
Él ha sido marcado, y esa marca quema.
Levanta su cabeza para encontrarse con la mirada de un Ángel, y el fuego de la furia del ángel
quema a través de su piel, sin embargo, descaradamente y sin el más mínimo derramamiento de
su sangre, él vive.
Está en una jaula.
Está en el infierno.
Esta inclinado sobre el cuerpo roto de una hermosa chica, rezándole a cualquier Dios que quiera
escucharlo, por favor déjala vivir, cualquier cosa con tal de volverla a la vida.
Está entregando aquello que es tan preciado para él, y lo está haciendo voluntariamente, porque
de esa manera sus amigos podrán sobrevivir.
Y ahí está de nuevo, junto a Isabelle, siempre con Isabelle, la sagrada llama de su amor
cubriéndolos a ambos, y no hay dolor, más hay una exquisita alegría inundándolo, y sus vena
queman con la sangre del Ángel, y él es el Simon que solía ser el Simon en el que más tarde se
convirtió y el Simon que era ahora, que perdura y que renace, él es sangre y carne y una chispa de
divinidad.
Él es ahora un Nefilim.
***
Simon no vio el destello de luz que esperaba – solo vio una avalancha de recuerdos, una ola
gigante que amenazaba con ahogarlo en el pasado. No había sido simplemente su vida pasando
frente a sus ojos; había sido una eternidad, todas las versiones de él mismo que podrían haber
sido, y que nunca serian. Y luego todo había acabado. Su mente se quedo quieta. Su alma se
tranquilizo. Y sus recuerdos- las partes que él creía pérdidas para siempre- volvieron a casa.
Él había gastado dos años de su vida convenciéndose de que todo iría bien aun si no podía
recuperar su memoria, que podía vivir reconstruyendo su pasado a partir de los fragmentos de
recuerdos que tenia, dependiendo de otros para que le dijesen el tipo de persona que había sido.
Pero nunca se había sentido bien. El agujero vacío en su memoria se sentía como un miembro
amputado; había aprendido a compensarlo, pero nunca dejaba de sentir su ausencia y el dolor
que aquello traía.
Pero ahora, finalmente, él estaba completo.
El estaba más que completo, se dio cuenta, cuando la Cónsul dijo con orgullo, “Yo te nombro
Simon Cazador de Sombras, de la sangre de Jonathan Cazador de Sombras, hijo de los Nefilim.”
Era un nombre temporal, hasta que escogiera otro para él. Momentos antes, eso había parecido
impensable, pero ahora simplemente se sentía verdadero. Era la misma persona que siempre
había sido. . . pero de todas formas. Ya no era Simon Lewis. Era alguien nuevo.
“Levántate.”
Se sentía. . . no sabía cómo se sentía, excepto anonadado. Lleno de alegría y confusión y sentía
una luz titilante, creciendo a cada segundo.
Se sentía fuerte.
Se sentía listo.
Sentía que sus abdominales todavía eran solo dos, pero supuso que la magia solo podía hacer
parte del trabajo.
La Consul carraspeó. “Levántate,” dijo otra vez. Después bajo su voz a un susurro. “Eso significa
que te levantas y le das el turno a alguien más.”
Simon todavía estaba tratando de sacudirse la felicidad mientras volvía con los otros. George era
el siguiente, y cuando se cruzaron, chocó los cinco con Simon.
Simon se preguntaba lo que vería George dentro de la luz, si sería tan maravilloso como lo había
sido para él. Se preguntó si, cuando la ceremonia terminara, intercambiarían notas—o si esta era
el tipo de cosa que te guardabas para ti mismo. Supuso que había una clase de protocolo de
Cazador de Sombras que había que seguir—ellos tenían un protocolo para todo.
Nosotros, se corrigió. Nosotros tenemos un protocolo para todos.
Tardaría en acostumbrarse a eso.
George estaba de rodillas dentro de los círculos, la copa mortal en sus manos. Era extraño, ser un
Cazador mientras George seguía siendo un Mundano, como si hubiera una pared invisible
dividiéndolos. Esto es lo más lejos que estaremos, pensó Simon, y en silencio urgió a su
compañero para que bebiera de una vez.
La Cónsul dijo las palabras tradicionales. George juro lealtad a los Cazadores de Sombras sin
titubear, respiró hondo, y levantó la copa como si estuviera brindando. “Slàinte!” gritó, y mientras
sus amigos rompían en carcajadas, bebió un trago.
Simon todavía estaba riendo cuando el grito comenzó.
La habitación se quedó en silencio, pero en la mente de Simon, había una sirena de dolor. Un grito
horrible e inhumano.
El grito de George.
En el estrado, George y la Cónsul fueron engullidos por una cegadora oscuridad. Cuando se disipó,
la Cónsul estaba parada, los Hermanos Silenciosos a su lado, todos mirando algo horrible, algo con
la forma de una persona, pero no su cara ni su piel. Algo con venas negras hinchándose dentro de
una piel grisácea, algo con la copa mortal todavía en su puño, una criatura marchitándose,
retorciéndose, desmoronándose, con el cabello y las zapatillas de George, y en lugar de su sonrisa,
había una torturada, desdentada expresión que chorreaba algo muy negro para ser sangre. No
George, pensó Simon furiosamente mientras la cosa paraba de sacudirse y quedaba inmóvil. Y de
alguna manera, en la mente de Simon, George gritaba y gritaba.
La cámara era una tormenta de acciones—adultos responsables sacando alumnos de la
habitación, jadeos, llantos y gritos—pero Simon no escuchaba nada de eso. Se movió para
adelante, hacia la cosa que no podía ser George, yendo hacia el estrado con la fuerza y la rapidez
de un Cazador de Sombras. Simon iba a salvar a su compañero, porque él era un Cazador ahora, y
eso era lo que los Cazadores de Sombras hacían.
No notó a Catarina Loss detrás de él, no hasta que sus manos se posaron sobre sus hombros, su
tacto tan suave que él podría haberse soltado—pero no podía moverse.
"Suéltame!" Simon hacía estragos.
Los Hermanos Silenciosos se arrodillaron por la cosa, el cuerpo, pero que no estaban haciendo
nada por él. Ellos no estaban ayudando. Estaban mirando fijamente a la telaraña de venas,
manchas de tinta repartidas a través de la carne.
"Tengo que ayudarlo!"
"No." La mano de Catarina en la frente y los gritos en su mente se quedaron en silencio. Ella
todavía se aferraba; él todavía no podía moverse. Él era un Cazador de Sombras, pero ella era una
bruja. Él no podía hacer nada.
"Es demasiado tarde"
 Simon no podía ver las venas negras comiéndose la piel o como los ojos hundidos se fundían en el
cráneo. Se centró en las zapatillas de deporte, Res sneakers.txt, de George. Uno de ellos fue
desatado, ya que a menudo lo estaba. Justo esa mañana George había tropezado con los cordones
y Simon le habían salvado de caer.
 "La última vez que me atrapas" George había dicho con otro de sus suspiros melancólicos, y
Simon había disparado hacia atrás.
 "No es probable." Las venas fueron apareciendo, con un sonido como Rice Krispies en la leche. El
cuerpo estaba empezando a supurar.
Simón se aferraba a Catarina también. Su agarre era apretado.
"¿Cuál es el punto de...?" dijo en la desesperación, por... que lo que estaba a punto de morir de
esta manera, no en batalla, no para una buena causa, no para salvar a un compañero guerrero o el
mundo, pero para nada? ¿Y cuál fue el punto de vivir como un Cazador de Sombras?, ¿cuál fue el
punto de habilidad y valentía y poderes sobrehumanos, cuando no se podía hacer otra cosa que
esperar y ver?
"A veces no tiene sentido", dijo Catarina suavemente. "No solamente es lo que es."
¿Cuál es?, Simon pensó, la ola de rabia y frustración y horror casi consumiendo.
 No iba a dejarse consumirse, no quiso perder este momento, si esto era todo lo que tenía. Había
pasado dos años haciendo de él mismo alguien fuerte, iba a ser fuerte por George, ahora, de la
única manera que le quedaba. Él dar testimonio, Simon llamó a su voluntad. ¿Qué es...? Se obligó
a no mirar hacia otro lado ¿Qué es George? Valiente y amable y bueno. George, muerto. George,
se ha ido. Y aunque él no sabía lo que la Ley tenía que decir acerca de la muerte por la Copa
Mortal, si la Clave consideraría George uno de los suyos y le daría derechos funerarios de
Cazadores de Sombras, no le importaba. Él sabía lo que era George, lo que estaba destinado a ser,
y lo que se merecía.
"Ave atque vale, George Lovelace, hijo de Nefilim ", susurró." Por siempre y para siempre, mi
hermano", el granizo y la despedida. Simon rozó un dedo sobre la pequeña placa de piedra,
trazando las letras grabadas: GEORGE LOVELACE

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